
Cultivando el Dominio Propio (Image of Noel_Bauza In Pixabay)
El Dominio Propio es parte del fruto del espíritu que los cristianos debemos ostentar. Hoy hablaremos de cómo cultivar el dominio propio.
Creo que el dominio propio no es precisamente la más desarrollada de las virtudes en nuestra sociedad, y esto se debe al temperamento egoísta y arrogante que todos hemos heredado del pecado. Sabemos que desde la caída del hombre en el Edén y su separación de Dios, satanás ha logrado influir de manera negativa y radical en los mal sanos comportamientos de maldad.
Y lo triste es que todos hemos caído, en mayor o menor proporción en esto. El enemigo, conociendo nuestra debilitada condición sabe cómo entramparnos con sus artimañas, para hacernos pecar y alejarnos de Dios; sin embargo, eso es lo que tenemos que aprender a vencer a través de Cristo. Pero cómo? Lo veremos a continuación.
Cultivando el Dominio Propio
Cristo vino al mundo, no solamente para salvarnos sino también para vencer el pecado en nuestra condición caída, para así también vencer a satanás y quitarle el embrujador poder que tiene sobre la humanidad. Con su victoria, Cristo nos ha dado también las herramientas necesarias para enfrentar al diablo y vencerlo.
Jesús decía: «Si alguien te da una bofetada en una mejilla, ofrécele también la otra. Si alguien te exige el abrigo, ofrécele también la camisa. Dale a cualquiera que te pida; y cuando te quiten las cosas, no trates de recuperarlas», Lucas 16:29-30. Por supuesto que esto no suena nada alentador para nadie, y por qué? Porque como seres caídos que somos, siempre estamos pensando en nuestro beneficio y bienestar, y no estamos dispuestos a dejarnos maltratar por nadie.
Sin embargo Cristo sí estuvo dispuesto a sufrir toda clase de humillaciones, bajezas y malos tratos por amor a nosotros, hasta el punto de dar su propia vida para salvarnos. Dice en Isaías 53:3-7 lo siguiente: «Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; fue menospreciado, y no lo estimamos.
Él, herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados y el castigo de nuestra paz fue sobre él. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en su Hijo el pecado de todos nosotros. Pero angustiado El, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores enmudeció, y no abrió su boca».
Cristo en ningún momento se quejó ni tampoco se defendió de tan espantosas afrentas en su contra. El simplemente calló, aceptó y se sometió a todo, por amor a nosotros. Qué mejor ejemplo de dominio propio que ese? Eso es lo que también nosotros debemos hacer siempre; aceptar con paciencia y mansedumbre todas aquellas cosas que vengan en contra nuestra de parte del enemigo, quien usa a los seres que nos rodean, sean familiares, amigos o aún desconocidos.
No debemos ser esclavos de las pasiones, sino aferrarnos al Espíritu de Dios para que nos fortalezca en aquellos momentos de debilidad. No debemos contestar con agresión a quienes nos agreden, ya que eso no le agrada a Dios. Por eso dice en el libro de Proverbios “que la blanda respuesta quita la ira; mas la palabra áspera hace subir el furor», Proverbios 15:1. Cristo dijo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón», Mateo 11:29.
Y cómo pudo Jesús llegar a ser manso, si Él tenía también nuestra naturaleza caída? Porque Él dependía por completo de su Padre, y se alimentaba espiritualmente y se fortalecía, recibiendo de la Fuente de poder del cielo a través de la oración. Cristo oraba a mañana, tarde y noche, y es esa la manera en que hoy también nosotros podemos cultivar el dominio propio y vencer el pecado.
Clamemos al Espíritu Santo de Dios para que nos ayude a controlar nuestro temperamento y que podamos morir al yo, dándonos esa mansedumbre que tenía Jesús y poder cultivar el dominio propio que es el fruto del Espíritu. Porque cuando el Espíritu Santo entra a morar en nosotros, nos es mas fácil dominar todos nuestros malos sentimientos, ya que tenemos una nueva naturaleza en la que podemos pensar, sentir y actuar diferente, siempre de acuerdo a la naturaleza espiritual de Dios, y obedeciendo sin dificultad su Santa Voluntad.
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