
Qué Significa Permanecer en Cristo
Jesús dijo: Permaneced en mí. ¿Pero qué significa permanecer en Cristo? La santidad radica en permanecer en Cristo y lo veremos ahora.
Creo que la clave de la santidad que nos exige Dios se desprende de estas palabras de Jesús: «Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Como la rama no puede llevar fruto por sí sola si no permanece en la vid, así tampoco ustedes si no permanecen en mí», Juan 15:4. Nada puede funcionar en la vida de un cristiano si no permanece en Cristo, porque sin Él, somos simplemente ramas secas, muertas, e incapaces de producir fruto.
Qué Significa Permanecer en Cristo
¿Pero entonces qué significa permanecer en Cristo? Permanecer en Cristo significa tener una fe viva, ferviente y productiva, movida por el amor de Cristo; es llevar una vida de entrega y servicio a Dios; es ostentar el fruto del Espiritu que se traduce en amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza», Gálatas 5:22-23.
Permanecer en Cristo significa que esa conexión que tenemos con el Espíritu Santo de Dios nos alimenta el alma constantemente para llevar una vida de entrega sin reservas al servicio del Creador y sus obras, porque la vida de la vid que es Cristo se manifestará ricamente en los frutos de las ramas que somos nosotros, y de esa manera la Gracia de nuestro amado Salvador nos convertirá en bendición para el mundo, y poder decir como decía el apóstol: «Ya no vivo sino que vive Cristo en mi», (Gálatas 2:20).
Por tal razón, ya no actuaremos como el mundo lo hace y como también nosotros antes lo hacíamos, sino como nuestra Fuente de poder lo hiciera. Así mismo todos los que permanecemos en Cristo estaremos también unidos entre todos como hermanos, con los vínculos del amor de Cristo para llevar y reflejar sus atributos divinos al mundo, generando así un cambio rotundo y positivo en nuestro entorno.
Los que permanecemos en Cristo tenemos que ser agentes de cambio para el mundo que nos rodea, porque esa transformación que el Espíritu Santo genera en nosotros primero, será el motor para transformar nuestra comunidad. Jamás deben existir las contiendas, los celos, la frialdad o el egoísmo entre los hijos de Dios y seguidores de Cristo, porque esos son sentimientos que provienen del diablo y si aún los estamos sintiendo es porque no hemos muerto para el mundo, no nos hemos entregado por completo a Dios, ni hemos nacido de nuevo.
Porque al nacer de nuevo, es el Espíritu de Dios el que entra a morar en nosotros, el que nos transforma y el que también actúa a través de nosotros, sin dejar lugar a sentimientos mezquinos, pues ya no vivimos por nosotros sino por Cristo y para Cristo, «puesto que hemos muerto (para el mundo), y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios», Colosenses 3:3.
Los frutos externos del cristiano son los que reflejan cuan desarrollada y fuerte está nuestra vida espiritual. Nuestras acciones externas serán siempre el resultado de nuestra cercanía con Dios, de nuestra permanencia en Cristo, y ellas determinarán cómo estamos alimentando el alma. Salomón decia: «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida», (Proverbios 4:23), y aquí se está refiriendo a la vida eterna, porque recordemos que nuestra vida aquí, es la antesala de nuestra vida futura cuando Cristo regrese.
Es aquí donde nos preparSomos todos hijos de Diosamos para el Cielo o para el castigo eterno. ¿Pero cómo guardamos el corazón? Cuidando las avenidas del alma y cuidando lo que tomamos del mundo a través de nuestros sentidos. Debemos cuidar tanto lo que vemos como lo que escuchamos, porque de acuerdo a esto es que formaremos nuestros pensamientos que determinarán nuestras acciones.
Si llenamos nuestra mente de la basura que nos ofrece el mundo, nuestras acciones serán correspondientes a ella, y nos alejaremos inminentemente de Dios. Pero si llenamos nuestra mente con la Palabra de Dios y con himnos de alabanza, no solamente lo honramos sino que edificaremos nuestro espíritu y nos prepararemos para la eternidad en el cielo.
Pero debemos cuidarnos también de lo que comemos porque debemos mantener no solo nuestra mente y nuestro corazón libres de contaminación, sino también nuestro cuerpo fuerte y saludable para poder ejercer nuestras labores sagradas sin ningún obstáculo. Como personas somos un todo, y si somos hijos de Dios, debemos ser íntegros y nuestro crecimiento espiritual tiene que abarcarlo todo, incluyendo alma y cuerpo, para ponerlos al servicio de Dios; pero todo esto es posible lograrlo, solamente si permanecemos en nuestro amado Salvador.
Los verdaderos cristianos, los hijos de Dios, tenemos que estar firmemente arraigados en Cristo y fundamentados en la verdad, abandonando todo aquello que exalte nuestro yo, para que sea Jesús el que hable a través de nuestra perfecta sumisión y obediencia a sus mandamientos y principios.
Dice el apóstol que «haya en nosotros el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús», (Filipenses 2:5), porque Dios quiere que seamos como Cristo para poder ser recibidos en el cielo, y para poder ser como Cristo, tenemos que permanecer en Él, no de otra manera.
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