
Todos tenemos que ser santificados para Dios, para poder entrar al cielo, pues es su Voluntad. Veremos lo que dice la Biblia.
La Voluntad de Dios ha sido siempre que sus escogidos seamos santos y esa exigencia viene desde el principio. Veamos lo que dice en el Antiguo Testamento:
«Porque yo soy Jehová vuestro Dios; vosotros por tanto os santificaréis, y seréis santos, porque yo soy santo; yo soy Jehová que os hago subir de la tierra de Egipto para ser vuestro Dios: seréis, pues, santos, yo soy santo», Levíticos 11:44-45.
Estas palabras fueron dirigidas a Israel, el pueblo escogido por Dios en aquellos tiempos, cuando el Señor los sacó de la esclavitud de Egipto.
Pero esas mismas palabras están dirigidas a nosotros hoy, el nuevo pueblo de Dios, el Israel Moderno, es decir, los cristianos.
Hoy es Cristo quien nos libera de la esclavitud del pecado porque eso es lo que representa Egipto en la Biblia; representa maldad, perversión y pecado.
Y Dios nos exige santidad a nosotros hoy, como se las exigió a ellos entonces, porque la santidad no es una opción sino una obligación, si queremos pasar la eternidad con Cristo.
Además así como Él es Santo, quiere que nosotros también lo seamos, porque si Él que es nuestro Padre es santo, lo lógico es que nosotros sus hijos seamos santos.
Santificados Para Dios
La Voluntad de Dios es que todos seamos santificados, que seamos santos (1 Tesalonicenses 4:3), y que vivamos una perfecta vida de pureza para agradarle.
Dios anhela nuestra santificación, es lo que Él quiere para nosotros, y ese deseo de Dios esta expresado en muchas partes de las Sagradas Escrituras.
En Hebreos 12:14 el apóstol lo expresa de esta manera: «Seguid la paz con todos y la santidad, porque sin santidad nadie vera a Dios«. El tema de la Santificación es un requerimiento tan grande para Dios, que El ha determinado que sin santidad imposible será siquiera ver su rostro.
Sin Santidad Nadie Vera a Dios
Pero ¿por qué será que el que no sea santo, o cualquiera que esté en pecado no podrá ver a Dios? Porque todo pecador que no haya podido vencer hasta la mas mínima imperfección de su carácter, tendrá que huir despavorido.
Esas personas van a sentir un terror tan grande y una enorme sensación de culpa por sus debilidades y pecados, ante la perfecta pureza y santidad de Cristo, que no van a saber donde esconderse, para no ser alcanzados y destruidos por su presencia.
Porque dice la Biblia que ningún pecador puede ver a Dios y vivir (Éxodo 33:20). Pero veamos también cómo lo describe el apóstol en Apocalipsis 6:15-17:
«Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?».
Los versículos aquí hacen referencia a los grandes y poderosos según la opinión del mundo, que por cierto nunca tuvieron nada que ver con Dios, y que en ese espantoso día, van a sentir la ira del Señor sobre todos ellos.
Todos ellos, en el mismo momento que se enfrenten a Cristo, serán destruidos con el resplandor de su venida (2 Tesalonicenses 2:8)
Cualquiera que tenga el mas mínimo pecado será destruido ante la inminente pureza del Salvador, porque Él es luz, y el pecado es tinieblas, de tal manera que la luz siempre disipará las tinieblas.
Y el hombre de pecado está literalmente en tinieblas, motivo por el cual no podrá soportar la luz de la verdad, de la santidad y de la pureza de nuestro amado Salvador, sin morir.
Las tinieblas jamás pueden prevalecer ante la luz. Tu puedes estar en un cuarto completamente oscuro donde no se pueda ver absolutamente nada, pero al encender una luz, las tinieblas desaparecen por completo.
¿A dónde se van? A ningún lado, simplemente desaparecen y son reemplazadas por la luz, porque ambas no pueden coexistir. Eso mismo pasa con Dios. Es su luz la que destruye o desaparece toda clase de tinieblas. Dios es fuego consumidor con aquellos que son tinieblas.
Sin embargo, Dios no quiere que eso sea así, porque para eso mandó a Cristo para salvarnos.
«Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas», Juan 3:17-19.
Dios jamás condena o castiga sin antes dar la oportunidad de arrepentirnos. Todavía tenemos tiempo de enmendar cualquier error, maldad o pecado porque estamos en el tiempo de la Gracia, pero cuando ese tiempo se acabe, ya no habrá misericordia ni perdón.
El tiempo está por terminar, y quienes no sean santificados para Dios, estarán literalmente perdidos. No juguemos con nuestra eternidad; pongámonos a cuentas con el Señor y comencemos ese proceso de Santificación de la mano del Espíritu Santo, para poder entrar al cielo.
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