
El Camino de la Santidad
La santidad es un camino que debemos recorrer en la tierra y será nuestro pasaporte para el cielo. Veremos de qué se trata a continuación.
La santificación es un proceso de transformación por el que todo creyente debe pasar para alcanzar la eternidad, porque sin santificación tampoco hay Salvación. La santidad es separarnos para Dios y abstraernos del mundo. Es apartarnos del pecado, de la iniquidad, de la maldad y de todas las impurezas de una sociedad corrupta en la cual vivimos.
El Camino de la Santidad
La santidad es un camino que todos debemos recorrer aquí en la tierra, avanzando paulatinamente hasta la puerta del cielo. La santidad será nuestro pasaporte sin el cual será imposible entrar. Nuestra santificación comienza con la justificación, cuando una vez arrepentidos y confesados nuestros pecados decidimos someternos a Dios, obedeciendo sus mandamientos.
Pero sigue por el resto de nuestra vida avanzando con firmeza y con diligencia, de la mano de nuestro amado Salvador, Jesucristo. Ese proceso es como una escalera que a través de Cristo une al cielo con la tierra (Génesis 28:12-13); que está dispuesta para que todos la tomemos, y que cada peldaño que ascendamos con esfuerzo y dedicación, aferrados a su mano poderosa, nos acercará más y más a Dios quien debe ser nuestra meta.
El que es santificado es aquel que tiene el Espíritu de Cristo morando en él; y es ese mismo Espíritu el que lo capacita para guardar sus preceptos. «Aquí está la paciencia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús», Apocalipsis 14:12.
La fe te lleva a la obediencia. El hombre carnal no puede guardar la Ley de Dios. Pero si Cristo nos ha perdonado, nos ha limpiado, nos ha santificado y nos ha puesto un nuevo corazón, si podemos guardarla.
El ha puesto su Espiritu Santo en nosotros, y en el Nuevo Pacto ha puesto sus preceptos en nuestro corazón y en nuestra mente, entonces podremos guardar sus mandamientos porque ya no somos de la carne sino que somos del Espíritu, y por ese mismo hecho, tenemos una naturaleza nueva que nos hace hijos de Dios.
La verdadera santificación tiene que ver con el perfecto sometimiento a la Voluntad de Dios; es el perfecto amor y la perfecta obediencia a sus principios; y tiene que ver también con la perfecta transformación al carácter de Cristo.
Somos santificados por Dios cuando actuamos en conformidad y obediencia a la verdad que nos ha sido revelada a través de la Palabra de Dios, que como cristianos consagrados, ya debemos conocer.
Creo que todos queremos estar preparados para la Venida del Señor, y si la Biblia dice que nadie podrá estar en pie frente a El sin santidad, debemos saber cuales son los requerimientos para alcanzar esa santidad, sin la cual nadie verá a Dios (Hebreos 12:14).
Porque Dios no consentirá ninguna clase de pecado al momento de llevarse a su iglesia. La venida del Señor será el momento de la verdad, y el mas mínimo defecto de carácter, que no hayamos querido superar, nos dejará fuera de la gloria de Dios. Los requerimientos de Dios para entrar al cielo son bastante estrictos, y no cederá ni un ápice en sus exigencias a la hora final.
La Biblia dice que Dios nos da su Santo Espíritu cuando nos arrepentimos, creemos y le obedecemos; y al darnos su Santo Espíritu «nos está haciendo partícipes de la naturaleza divina, que nos ayuda a huir de la corrupción del mundo», 2 Pedro 1:4. Está escrito, y por lo tanto es una promesa a la que nos tenemos que aferrar, y en la que tenemos que confiar ciegamente.
El Camino a la Santidad es Dejar de Pecar
¿Pero es posible dejar de pecar? La respuesta es si, y es por eso que no hay ninguna excusa válida que sustente la gran mentira del diablo que afirma que no podemos dejar de pecar porque está ampliamente demostrado que a través de Cristo todo es posible. Por eso el apóstol dijo: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece», Filipenses 4:13.
Todo el que afirma que es imposible dejar de pecar, lo afirma no porque no puede sino porque no quiere, porque Cristo ha hecho provisión suficiente para que cada uno de nosotros pueda ser obediente, y si lo creemos y actuamos en concordancia a sus principios, Él nos dará la victoria.
Porque no solo hay que creer sino también estar dispuestos a actuar en concordancia a los principios de Dios, dejando las cosas del mundo que nos agradan mucho, pero que no agradan a Dios porque no nos edifican ni tampoco nos preparan para la eternidad.
Dios como nuestro Padre y Creador es el que sabe, qué es lo mejor para nosotros, y qué nos conviene, sin embargo tampoco nos obliga. Dios solo nos muestra el camino del bien que nos llevará a la eternidad, pero cada quien escoge si lo quiere tomar o no.
Dijo el Señor en Deuteronomio 30:19 lo siguiente: «Al cielo y a la tierra pongo hoy como testigos contra vosotros de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia».
La vida son todas las cosas que Dios nos pide guardar a través de sus preceptos, porque sus preceptos son como un cerco que nos mantiene a raya del mal, nos protege de las asechanzas del diablo y nos guía hacia la eternidad.
Mientras que seguir las directrices del mundo que está regido por satanás nos llevará irremediablemente a la caída, el caos y la destrucción. Pronto llegará el momento en el que tendremos que enfrentar la justa retribución de Dios para cada uno de nosotros (Apocalipsis 22:12), sin embargo aun tenemos tiempo de enderezar nuestro camino y escoger la vida eterna que Cristo nos ofrece, y para la cual tenemos que prepararnos ahora.
No nos queda mucho tiempo, así que no lo desperdiciemos con entretenimientos frívolos y vacíos que no nos dejan ningún beneficio, y que nos aleja de nuestro destino al lado del Señor.
Pero además, el testimonio de una vida santa es el mejor sermón que podamos dar a los no creyentes. Las palabras pueden ser irrefutables pero una conducta intachable es mas diciente y convincente que aquellas, y podrá llevar muchas mas almas a los pies de Cristo, como lo demanda Dios.
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