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Cristo, el Salvador de Los Que le Obedecen

Cristo, el Salvador de los que le obedecen

Cristo, el Salvador de los que le obedecen

Los que se creen salvos pero no obedecen al Señor, deben saber que Cristo es el Salvador solo de quienes le obedecen, y lo veremos a continuación según la Palabra de Dios.

Cristo vino al mundo no solamente para morir por nuestros pecados y saldar la deuda que teníamos con Dios, sino que también vino para darnos ejemplo de obediencia a los mandamientos de Dios y de llevar una vida de santidad.

Cristo a su paso por la tierra vivió una vida de perfecta obediencia, para que todos los que creemos en Él podamos vivir también, una vida de perfecta obediencia, a través de su Gracia.

Cristo, el Salvador de Los Que le Obedecen

Veamos lo que dice el libro de Hebreos 5:8-9: “Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia, y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen”.

Si Cristo fue obediente a los mandamientos de Dios, es obvio que nosotros tenemos también que obedecerlos, porque como dice el versículo, Cristo es el Salvador, pero de todos aquellos que le obedecen, lo que excluye por supuesto a los que no lo hacen. El versículo no dice que es el Salvador de todos, sino de los que le obedecen.

Por eso El también dijo en Juan 15:10, lo siguiente: “Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor”. El nos da a entender que una muestra del amor que le tenemos, es guardar sus mandamientos así como Él mismo los guardó.

Cristo no nos pide algo que no se pueda lograr, pues de hecho, Él nos demostró a su paso por la tierra que sí es posible obedecerlos a cabalidad, puesto que Él lo hizo. Pero además, al guardar los mandamientos de Dios, permanecemos en el amor de Cristo, como Él mismo lo afirma.

Es importante recordar esto, porque cuando el Señor regrese para juzgarnos, Él va a tener muy en cuenta a todos aquellos que no quisieron perfeccionar su carácter a través de la obediencia, ni quisieron echar mano de la Gracia que Cristo nos da para lograrlo, y serán literalmente desechados por Dios.

Todos aquellos que no tienen la fe suficiente en Cristo como para creer que a través de su Gracia pueden guardar fielmente los mandamientos de Dios y perfeccionar su carácter, entonces tampoco podrán entrar al cielo.

Cuando decimos tener fe en Cristo, esto significa estar plenamente convencidos que Él tiene el poder para librarnos del pecado, que Él tiene el poder para darnos la victoria absoluta sobre todas nuestras debilidades de carácter, y transformarnos a una vida de perfección como la que Cristo tuvo a su paso por la tierra.

En Santiago 2:19 dice: “Tú crees en Dios, bien haces. También los demonios creen, y tiemblan”. Aquí no se trata de creer teóricamente, porque la fe sin obras es muerta, sino de tener una fe práctica, de tener la convicción de que si estamos dispuestos a guardar fielmente los mandamientos y vencer el pecado, el Espíritu Santo vendrá en nuestra ayuda y nos capacitará para lograrlo.

Judas 1:24-25 lo expresa bastante bien: “A aquel, pues, que es poderoso para guardaros sin caída, y presentaros delante de su gloria irreprensibles, con grande alegría,  al Dios solo sabio, nuestro Salvador, sea gloria y magnificencia, imperio y potencia, ahora y en todos los siglos. Amén”.

Todos los que estén dispuestos a recibir con gusto la Gracia de Cristo, siguiendo el ejemplo que Él nos dio, podrán alcanzar sin duda alguna, la perfección de su carácter.

Es cuando estamos verdaderamente dispuestos a entregar nuestra vida y rendirnos por completo al Señor, que Cristo podrá efectuar en nosotros una plena transformación, una completa restauración de nuestro carácter, al carácter de Cristo. No de otra manera.

Únicamente los que reconozcan a Cristo no solo como el Salvador, sino como el Dueño y Señor de sus vidas, sometiéndose por completo a su Voluntad y que reconozcan también lo valioso de su sacrificio en la cruz del calvario, recibirán un corazón nuevo, un corazón limpio, conforme al corazón de Dios.

Porque si nuestro corazón se dispone enteramente a obedecer a Dios, esforzándose hasta lo sumo por conseguirlo, entonces Cristo reconocerá esa disposición y ese esfuerzo, y completará lo que nos falta para alcanzar el objetivo, es decir, que Él llenará esa parte que nosotros no podemos hacer, y lo hará con su propio poder y mérito divino.

Del mismo modo Cristo no aceptará a aquellos que pretenden creer en Él, pero son desobedientes a la Santa Ley de Dios, porque la verdadera fe en el Señor es la que nos insta a obedecer fielmente a Dios y sus preceptos.

Así que todos aquellos que se consideran salvos pero no obedecen al Señor, deben entender que así como Cristo fue fiel a los mandamientos de Dios y los cumplió a cabalidad, así mismo nos demanda a nosotros que los obedezcamos, porque Cristo es el Salvador solo de quienes le obedecen.

Pero si de todas formas, se niegan a hacerlo, deben saber que jamás tendrán el privilegio de entrar al cielo, porque la desobediencia deliberada a los preceptos de Dios, denota rebeldía, falta de arrepentimiento, y que esas personas no han nacido de nuevo, requisito necesario para alcanzar la eternidad con Cristo (Juan 3:1-6).

Cuidado, no juguemos con nuestra eternidad, porque Dios no desecha a nadie, pero somos nosotros los que nos desechamos a nosotros mismos con nuestro mal proceder.

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Esta entrada fue publicada en febrero 15, 2020 por en Conociendo a Dios y etiquetada con , .
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