
Cómo Afecta el Apetito Descontrolado
El apetito descontrolado puede generar serios daños en el organismo del hombre a mediano y largo plazo. Veremos las consecuencias que produce.
Así como la gasolina de un carro si está contaminada con basura, afecta el buen desempeño del motor, del mismo modo la sangre contaminada por los malos hábitos alimenticios afectan el buen desarrollo de nuestros órganos y aun de nuestra mente porque embotan el cerebro, pues recordemos que somos un todo.
La comida chatarra por ejemplo, tan popular y bien recibida por la sociedad de hoy, es la mejor herramienta de satanás para alejarnos de Dios, aunque sea difícil de creer para la gran mayoría. El diablo conoce nuestras debilidades, y es a través de ellas como nos trabaja.
Consecuencias del Apetito Descontrolado
El apetito descontrolado se ha convertido en pieza de tropiezo para el hombre en su relación con Dios. ¿Cómo cayó Eva? Por un muy apetitoso y atractivo fruto, que se veía codiciable para degustar y comer, pero que había sido prohibido por Dios (Génesis 3:6).
Y por no saber contener su apetito es que toda la humanidad fue castigada con la muerte, dándole la victoria al diablo. ¿Cómo fue tentado Jesús? Con comida cuando el enemigo sabía que Jesús llevaba ayunando cuarenta días con sus noches; con la diferencia que Jesús, aunque tenía hambre, no cayó en la tentación (Mateo 4:1-4).
El apetito es uno de las debilidades más grandes del hombre, y creo que todos hemos caído en mayor o menor proporción en la falta de temperancia en cuanto a esto. Y eso sin darnos cuenta, afecta nuestra capacidad intelectual para discernir entre el bien y el mal, tanto como en nuestra habilidad espiritual para comunicarnos con Dios.
Dice el apóstol en Romanos 12:1 lo siguiente: «Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional». Y si vamos a ofrecer nuestro cuerpo a Dios como sacrificio vivo, no podemos ofrecerle un cuerpo contaminado de toxinas y enfermedades, porque jamás será aceptado por Dios.
Recordemos que en la antigüedad, cuando el pueblo de Dios debía presentar animales en holocausto, tenían que ser sanos, perfectos y sin defecto alguno. A Dios hay que ofrecerle lo mejor, y sin embargo, por complacer el apetito, no solo estamos contaminando el cuerpo, dañando sus funciones, generando enfermedades sino que también estamos afectando nuestra mente y nuestra forma de relacionarnos con Dios, aunque sea difícil de creer.
Es por eso que Pablo tambien nos exhorta diciendo: «No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta, (Roman0s 12:2).
Tenemos que cambiar nuestra manera de pensar con respecto a dar rienda suelta al apetito, comprendiendo que esto no solamente afecta nuestra salud, minando nuestra fuerza y energía, sino que va en detrimento del desempeño moral y espiritual, que como hijos de Dios debemos llevar a cabo aquí en la tierra.
¿Podemos Controlar el Apetito?
A veces es difícil controlar el apetito, sobre todo teniendo en cuenta cómo el diablo ha logrado meterse muy sutilmente en el campo de la alimentación, ofreciendo alimentos ricos para nuestro paladar, pero tóxicos para el organismo.
Las grandes compañías que se encargan de satisfacer las necesidades alimenticias del ser humano en la actualidad, han invadido el mercado de productos que afectan la salud, pero con sabores exquisitos que nos han pervertido el sentido del gusto, al punto inclusive de crear adicciones que nos impiden dejar de consumirlos.
Esa ha sido un arma poderosa que está utilizando el diablo ya por años para destruirnos y llenarnos de enfermedades, pero no solo eso sino para impedir que tengamos una buena relación con Dios. Porque cuando el satisfacer el apetito se vuelve una prioridad en nuestra vida, este se convierte en nuestro dios y haremos lo que sea por complacerlo.
Ya el apóstol Pablo lo decía en Filipenses 3:18-19 cuando expresaba que para estas personas «su dios es el vientre porque no piensan sino en lo terrenal, convirtiéndose en enemigos de la cruz de Cristo«, es decir que hacen vano su sacrificio.
En otras palabras, cuando no cuidamos lo que comemos, sino que queremos solamente satisfacer nuestros deseos carnales, nuestra mente se vuelve también carnal, y la mente carnal no puede obedecer a Dios. Dice el apóstol Pablo: “Los designios de la carne son enemistad contra Dios; pues no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”, Romanos 8:7-8.
¿Cómo poder pensar entonces en someternos a Dios, cuando Él nos exige abnegación y obediencia a sus principios, si ya estamos ocupados en obedecer ciegamente a otro dios? Imposible, porque ese tipo de cosas que se consumen y que no debemos llamar alimentos porque afectan nuestra salud, también se encargan de embotar nuestro entendimiento y nuestra conexión con Dios.
Recordemos que somos templo del Espíritu Santo, y el Espíritu Santo no puede estar en un templo contaminado. Dice en 1 Corintios 3:17 lo siguiente: «Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el templo de Dios es santo, y ustedes son ese templo».
Pero recordemos que no es Dios quien lo destruye sino satanás a quien Dios se lo permite. Sin embargo y aunque parezca imposible, todo es posible con la ayuda de Dios, (Filipenses 4:13), y aun el apetito pervertido lo podemos controlar también siempre y cuando estemos dispuestos a pedir la ayuda de Dios.
Dios está dispuesto siempre a ayudarnos a cambiar todos los malos hábitos que afectan nuestra vida, nuestra salud y nuestra relación con Él. Sólo tenemos que estar dispuestos a cambiar y a dejarnos guiar por El.
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