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Por Qué el Espíritu Santo No Puede Transformarnos

Por Qué el Espíritu Santo No Puede Transformarnos

Por Qué el Espíritu Santo No Puede Transformarnos (Image by まきこ 川崎 from Pixabay)

El Espíritu Santo tiene un enorme poder, pero hay veces en que no puede transformarnos. ¿Por qué? Lo veremos a continuación.

Nadie duda del infinito poder del Espíritu Santo, pues Él es Dios; sin embargo, en muchas ocasiones, y los ejemplos los vemos por doquier, el Espíritu Santo no puede transformarnos, y no porque no tenga la intención de hacerlo, sino porque nosotros mismos no se lo permitimos. ¿Pero cómo podría ser eso? ¿De qué manera impedimos al Espíritu Santo que nos transforme?

Vivimos en un mundo regido por satanás donde «a lo malo se le llama bueno y a lo bueno malo»; algo que por cierto ya existía muchos siglos atrás en los tiempos del profeta (Isaías 5:20). Y cuando convivimos por mucho tiempo entre lo malo, nuestra conciencia se cauteriza y ya no nos sorprendemos por ello sino que nos acomodamos y lo aceptamos sin reparos. He escuchado a muchos decir: «Eso no es tan malo, pues todo el mundo lo hace«.

Y es claro que todo el mundo lo hace porque al vivir en medio del fango todos nos untamos de manera necesaria, y al fin olvidamos como ser limpios y puros. Es por eso que el apóstol Pablo dijo: «Todo es lícito, pero no todo conviene«. Y todo es lícito porque el pecado y la falta de Dios en los corazones de la gente y por ende en nuestra sociedad, ha hecho que olvidemos los principios y mandamientos establecidos por el Padre para que vivamos en paz y armonía entre todos. Y gracias a eso, las peores atrocidades no solo son vistas con buenos ojos, sino que son abiertamente permitidas y aceptadas.

Por Qué el Espíritu Santo No Puede Transformarnos

El pecado entonces se va convirtiendo como en una especie de amortiguador que nos impide ver claramente la maldad del mundo, pero sobre todo la nuestra. Porque a veces es bien fácil reconocer la maldad del otro pero no la propia. Exigimos justicia cuando alguien nos afecta, pero cuán fácil abusamos de otros cuando conviene a nuestros mezquinos intereses.

Una vida llena de pecado nos impide discernir esos defectos de carácter que ofenden tanto a Dios, y nos impide comprender la enormidad de nuestras faltas cometidas. A veces creemos que porque no matamos con un arma a alguien, y aun si no nos metemos con alguien para hacerle daño, ya somos perfectos y no tenemos nada de qué arrepentirnos pues nos consideramos lo suficientemente buenos como para ir al cielo.

Pero recordemos que aún una pequeña mentira, el simple hecho de denigrar de alguien u ofender a otros es pecado, y es tan grave para Dios como robar o quitarle la vida a cualquiera. Es entonces cuando el Espíritu Santo no puede transformarnos, porque no queremos humillar nuestro corazón ante Dios. Cuando actuamos como el fariseo que decía: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, y doy diezmos de todo lo que gano», Lucas 18:11-12.

Ese tipo de personas, jamás recibirán el perdón de Dios, ni pueden recibir el poder del Espíritu Santo para ser transformadas porque son altivas y arrogantes, pues aunque el fariseo del ejemplo no hacía lo que menciona, sí que tenía otros pecados escondidos mucho peores, y aun el mero hecho de elevarse por encima de otros, es un pecado suficiente para no ser aceptado por Dios, porque todas nuestras justicias son como trapos de inmundicia según dice en Isaías 64:6.

Además dice también la Palabra que «Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes», Santiago 4:6. De manera que no podemos vanagloriarnos de nada, pues toda bondad o toda justicia que haya en nuestro corazón, solo puede venir de nuestro entero sometimiento a Dios, y si no hay sometimiento nada bueno somos, ni nada bueno tenemos, porque seguimos siendo sometidos pero por el pecado y su padre, satanás, quien es el gestor de todo mal.

Eso fue lo que les pasó a los judíos de la época de Jesús, que estaban tan pervertidos por el pecado y la maldad, que no pudieron discernir quien era Jesús, y en vez de buscar la dirección de Dios, más bien lo mataron. Porque el pecado nos nubla la mente y nos daña el corazón, y ahí el Espíritu Santo no puede trabajar. Cuando una persona no quiere reconocer su pecado y su maldad el Espíritu Santo no puede transformarlo, porque la desobediencia tiende a endurecer la mente y el corazón del culpable, haciéndolo renuente a aceptar su maldad.

Eso es lo que pasa a la mayoría de los cristianos de hoy, que no han humillado su corazón y tampoco quieren dejar el mundo que tanto les atrae, y en esos casos, el Espíritu Santo no puede hacer su maravillosa obra de transformación. Pero este llamado no es solo para ellos, sino para todos los que somos hijos de Dios, porque todos podemos también en cualquier momento caer en desobediencia y alejarnos de los buenos principios establecidos por Dios. Ya lo dijo una vez el apóstol: «El que piense estar firme, mire que no caiga», 1 Corintios 10:12.

Y esto quiere decir que ninguno aún nacido de nuevo está libre de caer en tentaciones, y por eso debemos permanecer firmes y aferrados al Señor, para que su poder y su misericordia nos capaciten para no caer. Porque si permanecemos en Él, «fiel es Dios, que no nos dejará ser tentados más de lo que podamos resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podamos soportar».

En conclusión podemos decir que sólo aquellos corazones que estén dispuestos a humillarse ante Dios podrán recibir todas las bendiciones que Dios tiene para los que le aman y recibirán el maravilloso don del Espíritu Santo quien hará de ellos las personas idóneas para entrar al Cielo. Ojalá que todos estemos incluidos en este grupo.

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Esta entrada fue publicada en febrero 24, 2024 por en Transformación en Cristo y etiquetada con , .
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