
La Verdadera Conversión (Image by StockSnap from Pixabay)
¿En qué consiste la verdadera conversión? Debemos entender en qué consiste para saber si estamos convertidos o no. Veamos de qué se trata.
La verdadera conversión radica en un cambio total de vida, de hábitos, de costumbres y sobre todo de manera de pensar. Porque la verdadera conversión cambia nuestro corazón y nuestra mente por completo. Dice el apóstol Pablo que «cuando estamos en Cristo nuevas criaturas somos, las cosas viejas pasaron, y todas son hechas nuevas», 2 Corintios 5:17.
¿Pero cómo puede pasar esto? Esto es el resultado de nacer de nuevo; es nacer a una nueva identidad que no es material sino espiritual, porque podemos trascender y ver mejor las cosas de Dios, con nuestros sentidos espirituales que empiezan a desarrollarse de una manera increíble con el poder de Dios. El nuevo nacimiento significa que «no somos engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios», Juan 1:13.
Es que la simiente de Dios entra en nosotros dando como resultado una nueva persona. En otras palabras más coloquiales y entendibles para todos, es como si hicieran un trasplante de corazón y de mente, en el cual se quitan aquellos órganos que están enfermos y dañados, para poner unos nuevos, sanos, perfectos y santificados que vayan en concordancia con los principios que agradan a Dios, que lo honran y lo dignifican. Es un cambio radical que nos hace amar y disfrutar de las cosas espirituales y rechazar muchas de las materiales, como el pecado y toda flaqueza que pueda ofender a Dios.
La Verdadera Conversión
La Conversión verdadera se manifiesta en una transformación del carácter a la semejanza del carácter de Cristo. El orgullo desaparece y el pecado se hace abominable. Es tener sed de amor fraternal y de justicia y es deleitarse en el conocimiento de Dios y del estudio de su Palabra.
En esta nueva naturaleza, mientras más conocemos de Dios más descubrimos nuestras imperfecciones de carácter y nos damos cuenta de nuestra incapacidad para hacer cualquier cosa sin la ayuda de Jesús, porque tal como El mismo lo dijo: «Separados de El nada podemos hacer«, Juan 15:5.
El cristiano verdadero se convierte en un obrero abnegado y ferviente que se preocupa por las almas perdidas, y recibe con amor el trabajo que Dios le ha encomendado, poniendo su voluntad y sus intereses al cuidado del Gran Maestro. Porque aprende a someter su Voluntad a la Voluntad de Dios, dando todo de si para ayudar y servir al prójimo del mismo modo que Cristo lo hacía a su paso por la tierra.
«No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros» (Filipenses 2:4), porque esa es la Voluntad de Dios. Además, ese nuevo corazón viene cargado con el amor de Cristo que nos permite ver a otros con un amor desinteresado; aprendemos a ver las cosas buenas de las personas en vez de las malas, y ser muy tolerantes, porque sabemos que si Cristo nos ha perdonado tantas debilidades, tenemos que perdonar a otros las suyas.
Ya no nos afectan las ofensas que nos hacen, porque sabemos que si tenemos a Cristo lo demás no importa, y que pase lo que pase, de su mano poderosa podemos seguir adelante. Esa es la verdadera conversión, la que nos hace libres no solamente de la esclavitud del pecado, sino también de las artimañas de satanás, siendo ese el mejor estado para vivir en victoria en este mundo y para ser aceptados por Dios en el cielo. ¿Para qué podemos querer más?
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