
La Humildad Que Nos Exige Dios (Image by Treharris from Pixabay)
Solo los mansos y humildes heredarán la Vida Eterna. ¿Pero en qué consiste la humildad que nos exige Dios? Lo veremos según la Biblia.
Jesús dijo: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón», Mateo 11:29. Sin embargo, en los tiempos modernos la mansedumbre es un signo de debilidad y la humildad de miseria, que en vez de verse como cualidades, se califican como defecto. Se pudiera decir que los mansos y humildes jamás llegan lejos.
Pero para poder entender mejor los conceptos de mansedumbre y humildad veamos lo que nos dice el diccionario. «Mansedumbre es la docilidad y suavidad que se muestra en el carácter o se manifiesta en el trato», y tiene como sinónimos: «suavidad y benignidad». Lo interesante de esto es que benignidad es precisamente uno de los frutos del Espíritu, lo que demuestra que es muy poco usual encontrar esa cualidad espiritual en el común de la gente.
Y humildad según el diccionario significa alguien de pocos recursos y necesitado. Pero este concepto sí está muy lejos del concepto de Cristo. Es cierto que Jesús materialmente no tenía nada (Mareo 8:20) pero a pesar de eso, Él lo tenía todo, y es eso lo que precisamente nos ofrece hoy; una vida abundante.
La Humildad Que Nos Exige Dios
La humildad entonces de la que hablaba Jesús, dista mucho del significado que nos da el diccionario. Los necesitados en realidad son todos aquellos que creen ser demasiado grandes por tener posesiones y riquezas, porque fundamentan esa grandeza en cosas materiales que fácilmente pueden desaparecer.
Dice la Biblia en 1 Pedro 1:24-25 lo siguiente: «Todo mortal es como la hierba, y toda su gloria como la flor del campo; la hierba se seca y la flor se cae, solo la palabra del Señor permanece para siempre» (NVI). ¿Pero entonces cuál es la humildad que nos exige Dios y que nos abrirá las puertas del cielo?
La verdadera humildad es estar dispuestos a renunciar a todo lo material por Cristo. El mejor ejemplo de humildad nos lo dio Él mismo al renunciar a toda su grandeza, majestad y gloria en el cielo para estar 33 años aquí en la tierra viviendo como un hombre común y corriente sin ninguna ostentación, para poder salvarnos.
La palabra humildad es todo lo contrario a ostentación y orgullo. La ostentación nos eleva a nosotros por encima de otros, pero la humildad que nos exige Dios es renunciar a todas nuestras pretensiones; es crucificar el yo con todas nuestras debilidades para vivir en obediencia a los principios de Dios.
Y no estoy diciendo que tener bienes sea malo, de ninguna manera. De hecho, Abrahán, Isaac, Jacob, Job y David fueron inmensamente ricos, pero fueron hombres que fueron humildes y que estuvieron dispuestos a dejarlo todo por Dios. Para ellos sus posesiones no fueron más que una añadidura de Dios porque tenían corazones realmente entregados a Él, y tales bienes no eran su prioridad.
Por eso dice en Proverbios 22:4 que “riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de Jehová«. Muy diferente fue el caso del joven rico de la historia en Marcos 10:17-30, que le preguntó al Señor qué debía hacer para ir al cielo y Jesús le dijo que guardara los mandamientos.
El joven rico con arrogancia le contestó que siempre los había guardado, que si había algo más que hacer lo haría. Pero cuando el Señor le dijo que vendiera todo y lo diera a los pobres ya sus intenciones cambiaron. Esto demuestra que muchos aún tenemos orgullo y que no estamos dispuestos a dejarlo todo por Dios.
El joven probablemente era una persona justa y buena a su manera, pero no dispuesta a renunciar a sus bienes por nada del mundo. Pero Jesús dijo: «El que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo», Lucas 14:33. ¿Qué estamos dispuestos a dejar por El? Si Él renunció a todo por nosotros, lo menos es que nos exija hacer lo mismo por El.
Dios no quiere sacrificios, ni que estemos dispuestos a obedecer por miedo o por obligación. Dios en realidad quiere un corazón lleno de amor dispuesto a dar hasta lo sumo. Dios quiere un corazón abnegado dispuesto a ayudar y a servir, y a darlo todo si fuera posible por amor a Él.
Abrahán por ejemplo, después de haber esperado cien años por un hijo, cuando Dios le pidió que lo ofreciera como sacrificio, no dudo ni un instante y estuvo dispuesto a hacerlo. Y por esa obediencia de darle hasta lo más preciado que él tenía, que era Isaac, Dios lo premió luego en todos los aspectos de su vida. Aún después de morir Sara, se volvió a casar y tuvo varios hijos más.
Dicen las Escrituras que Dios honra a los que le honran, y bendice a los que le agradan, de tal manera que si aún no hemos podido alcanzar la humildad que nos exige, pidámosle al Espíritu Santo que transforme nuestra vida y carácter; pidámosle que por favor trabaje en nosotros, para ser esas personas integras y humildes que Dios necesita para llevar al cielo.
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