
Necesidad de Dios
La gente en el mundo está angustiada, deprimida y atemorizada por lo que a diario sucede. Hay una gran necesidad de Dios, pero muchos no lo saben.
Todas las desgracias, sufrimientos y calamidades que aquejan a la humanidad son el producto de alejarse de Dios. En Jeremías 2:13 dice el Señor: «Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua».
Solemos buscar siempre las soluciones a nuestros males y problemas que vienen de un mundo caído y regido por satanás, en el mismo mundo caído, en vez de elevar nuestras plegarias a Dios que tiene todo el poder y la sabiduría para sacarnos del hoyo en el que nos encontramos.
La Necesidad de Dios
Todos tenemos una enorme necesidad de Dios porque fuimos creados a su imagen (Génesis 1:27), por lo que todas nuestras necesidades solo pueden ser suplidas por Él (Filipenses 4:19), pero lamentablemente la mayoría de la gente no entiende, no quiere o no está dispuesta a reconocer tal necesidad. Desde la caída en el Edén, la separación del hombre de la Gran Fuente de Sabiduría y Poder que es Dios trajo como consecuencia la miseria y el dolor a la humanidad, y nos olvidamos de Dios. Andamos perdidos, girando y girando entorno a problemas y preocupaciones que nos desgastan sin encontrar la salida.
Jesús dijo: «Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo», Juan 6:51. Estas palabras eran demasiado fuertes para aquellas personas que no tenían una estrecha relación con Dios, porque fueron tomadas de manera literal y decían: «¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”, Juan 6:52.
Y si lo tomamos de esa manera es obvio que suena bastante absurdo y sin sentido. Es por eso que después el Señor les aclaró a los discípulos lo que había dicho: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida», Juan 6:63. Comer la carne y beber la sangre de Cristo es alimentarnos espiritualmente con su Palabra; es alimentar el alma así como alimentamos el cuerpo, para establecer una estrecha relación con Él.
Es someter nuestra voluntad a la Suya y convertirlo en nuestro guía y nuestra autoridad primera. Cristo no tiene valor alguno a menos que tome forma real dentro de nosotros para poder ser transformados a su imagen, y ser saciados, porque solo Él puede llenar nuestros faltantes y vacíos. De tal manera que para resolver todo problema, calamidad o adversidad la solución será siempre volvernos en una entrega completa a Dios.
El dr Andrew Conay Ivy, afamado profesor de la universidad de Illinois dijo: «Creer en Dios proporciona el único, el más completo, esencial y racional significado a la existencia». ¿Por qué? Porque fuimos creados a imagen de Dios y tenemos también esencia divina, aunque satanás haya logrado de algún modo distorsionar dicha esencia.
Y el filósofo William Durant agrega: «El gran problema de nuestros días no es el comunismo contra el individualismo; ni Europa contra América; ni aún el Oriente contra Occidente; nuestro problema real es si el hombre puede soportar vivir sin Dios». Es por eso que existe tanta miseria, angustia y desolación en el mundo, porque las criaturas de Dios creadas a su propia imagen hemos perdido nuestra divina identidad en Cristo y muchos no saben cómo recuperarla; algunos porque no entienden cómo hacerlo, pero otros porque simplemente no quieren hacerlo.
Les pasa lo que le pasó a la oveja perdida de la parábola, que andaba perdida pero probablemente no sabía que lo estaba. Sin embargo, sea cual fuere la condición de esta, el buen pastor fue a buscarla, como Cristo lo ha hecho con nosotros. Pero a veces muchos de nosotros ante el gesto de Jesús de querer salvarnos lo único que hacemos es darle la espalda a Dios.
Esa clase de ovejas no quieren reconocer la necesidad de Dios y prefieren seguir en el mundo. Por eso es que Jesús dijo que «muchos son los llamados pero pocos los escogidos» Mateo 22:14. Y al final, los únicos que perderán son aquellos que no quisieron aceptar el llamado de Dios. Ojalá y no sea esa nuestra condición. No endurezcamos nuestro corazón y aceptemos el privilegio de ser llamados por Dios y sigámosle, para que un día no muy lejano podamos irnos con Cristo al cielo.
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