
Estamos Viviendo una Vida de Santidad para Entrar al Cielo (Image by Pexels from Pixabay)
Los cristianos tenemos que estar viviendo una vida de santidad para entrar al cielo. ¿Y cómo saber si lo estamos logrando? Lo veremos según la Biblia.
Dice la Biblia en Hebreos 12:14 que «sin santidad nadie verá a Dios«. ¿Pero estamos viviendo la vida de santidad que nos exige Dios para entrar al cielo? ¿Estamos siendo honestos con nosotros mismos como para saber esto? Es por eso que el apóstol Pablo nos insta a examinarnos constantemente al expresar lo siguiente:
«Examínense para saber si su fe es genuina. Pruébense a sí mismos pues Jesucristo está en ustedes. Examínense para que sepan si su fe es genuina», 2 Corintios 13:5, NTV. ¿Pero qué significa una fe genuina? La fe genuina es la que actúa por medio de una conversión genuina, es decir, aquella cuya transformación del carácter es evidente. Es la que demuestra un nuevo corazón puro y Santo en el creyente, que actúa con amor hacia los demás. La fe genuina es aquella que demuestra la nueva esencia de un verdadero seguidor de Cristo.
Estamos Viviendo una Vida de Santidad para Entrar al Cielo
¿Entonces estamos en verdad practicando lo que creemos? ¿Estamos perdonando a quienes nos ofenden como lo manda el Señor? ¿Estamos en paz con Dios y con el prójimo? ¿Hemos dejado atrás la amargura, la envidia, los celos, las críticas mal intencionadas o la intolerancia? ¿Estamos crucificando nuestro YO y sometiéndonos por completo a la Voluntad de Dios? ¿Estamos en verdad viviendo la vida de santidad que nos exige Dios para entrar al cielo?
Si la respuesta a todas estas preguntas es afirmativa, entonces andamos por el camino correcto, pero si no, sigamos orando al Señor por nuestra transformación. Es por eso que debemos examinarnos constantemente para saber qué clase de espíritu estamos fomentando. Para saber si persistimos en nuestras mismas debilidades o si estamos mejorando para la gloria de Dios.
Porque el orgullo, la vanidad, el mal genio, la maledicencia, la disensión, la intolerancia y la codicia son el fruto de un corazón carnal, no renovado por la Gracia de Dios. De tal manera que si persistimos en esas debilidades y flaquezas significa que aun no hemos crucificado al viejo hombre. Los verdaderos hijos de Dios debemos ser guiados por el Espíritu Santo.
Dice el apóstol en Gálatas 5:16-17 lo siguiente: “Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí». Y el también menciona cuáles son las obras de la carne y las cito para que nos sirvan de apoyo al examinarnos a nosotros mismos. Ellas son entre otras:
«Adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; porque los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios», Gálatas 5:19-21.
Mientras que en contraposición, “el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza o dominio propio. Y los que son de Cristo han crucificado la carne con sus pasiones y deseos», Gálatas 5:22-24.
La santificación es un proceso de transformación que se va dando progresivamente cuando permitimos al Espíritu Santo que obre en nosotros, pero tenemos que estar dispuestos a someternos por completo a Dios. Porque el Espíritu Santo no puede trabajar si no nos dejamos llevar por Él.
Cuando el corazón es regenerado, tanto las palabras como los hechos lo demuestran. Por lo tanto si profesamos una fe genuina nuestro carácter irá de acuerdo con esa fe y con las normas y principios morales de Dios. Examinemos pues nuestro corazón, tomando como base los dos mandamientos más importantes que nos dio el Señor que son:
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo», Luchas 10:27. Si hacemos esto y no lo reprobamos, entonces estaremos viviendo la vida de santidad que nos exige Dios para entrar al cielo.
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