
La Preparación para el Cielo (Image by David Mark from Pixabay)
En el proceso de Salvación todos necesitamos una preparación para el Cielo sin la cual no entraremos a él. Veremos cuál es a continuación.
Cuando decidimos entregar nuestra vida a Cristo y someternos a Él, debemos entender que tenemos que pasar por un proceso de transformación y santificación que será nuestra preparación para el Cielo, porque cuando llegamos a Cristo venimos con una vida llena de vicios y malas costumbres que tenemos que aprender a dejar atrás.
El proceso de Salvación es un proceso de acondicionamiento a las exigencias de Dios para entrar al cielo, porque no todos los que dicen ser cristianos serán aceptados en el, sino solo aquellos que estén dispuestos a ser transformados y santificados, pues recordemos que «sin santidad nadie verá a Dios» (Hebreos 12:14).
La Preparación para el Cielo
¿Pero cómo es esa preparación para el Cielo y en qué consiste? La preparación para el Cielo de los creyentes se efectúa a través de las pruebas y los desiertos que tenemos que vivir aquí en la tierra. Porque no hay tierra prometida sin pasar antes por un desierto, y el desierto de cada persona para obtener su tierra prometida dependerá de qué tan dispuesto esté a someterse rápidamente a Dios.
Para los israelitas el paso por el desierto duraba tan solo cuarenta días, pero por su rebeldía a Dios, les duró cuarenta años, y muchos se quedaron en el desierto sin alcanzar la tan anhelada Tierra Prometida para ellos. Hoy nuestra Tierra Prometida es el Cielo, y de nuestra paciencia y resistencia para soportar nuestras pruebas con obediencia y sumisión a Dios, dependerá que nuestro desierto no sea tan difícil y dure poco.
Porque «sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas obrarán para bien», dice en Romanos 8:28. Sobre todo porque si se acogen a Dios, buscando su ayuda y fortaleza, las pruebas y dificultades serán muy llevaderas, porque Dios jamás desampara a los que le buscan de corazón. Dice el Salmo 94:12 lo siguiente: «El Señor no abandonará a su pueblo, ni desamparará a su heredad».
Y esto es toda una promesa que tenemos que creer y aún reclamar en la dificultad, creyéndolo por fe, aunque estemos en los momentos más oscuros de nuestra vida. Dios, si le buscamos con humildad y de manera ferviente, será nuestra ayuda incondicional en los momentos de necesidad. Recordemos por un momento las palabras de Jesús al expresar lo siguiente: «En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, porque yo he vencido al mundo», Juan 16:33.
Estas palabras nos garantizan que si lo creemos, el Señor estará con nosotros en los peores momentos, dándonos esa fuerza necesaria para superar cualquier prueba que nos sobrevenga. Dios permite las pruebas porque sabe que las necesitamos para ser transformados y pulidos, pero El no nos deja solos en ellas, si le buscamos de corazón.
Dice así en 2 Crónicas 7:14: «Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra». Cuando nos sometemos a Dios y aceptamos por completo su Voluntad, Él puede transformar cualquier problema en victoria, y cualquier tristeza en alegría (Salmo 30:11), porque no solamente tiene el poder, sino porque está dispuesto a hacerlo por amor a nosotros.
Y también dice en Jeremías 33:3 lo siguiente: «Clama a mí y te responderé, y te mostraré cosas grandes y ocultas que tú no conoces». Dios conoce perfectamente nuestro corazón, nuestras intenciones y propósitos. El conoce también nuestras debilidades y flaquezas; nuestras luchas y preocupaciones; nuestros miedos y ansiedades. Y El sabe perfectamente cómo sacarnos del hoyo en el que nos encontramos, y estará siempre dispuesto a ayudarnos, aun desde antes que se lo pidamos, pero espera a que clamemos por eso.
Por tal motivo, si confiamos en El, encomendándole nuestros caminos, El sabrá cómo dirigir nuestros pasos, por la senda correcta (Proverbios 3:6). Una senda de victoria sobre los malos hábitos y de victoria sobre el pecado, para poder hacer solo la Voluntad del Padre, sin dejarnos llevar por las asechanzas de satanás y mantenernos firmes en el camino hacia la eternidad.
Dice en el Salmo 17:5: «Sustenta mis pasos en tus caminos para que mis pies no resbalen». Y esta debe ser nuestra petición diaria al Señor, para que en aquellos momentos de debilidad y de flaqueza que se puedan presentar a lo largo de nuestro peregrinaje aquí en la tierra, Él nos pueda socorrer y librar, dándonos la fuerza necesaria para no caer, y seguir fieles a sus preceptos. Así que no desmayemos ni nos quejemos ante las pruebas y dificultades, sino que más bien aferrémonos más a Dios y pidámosle mucha fortaleza para superarlas, entendiendo que tales pruebas son necesarias para crecer en el conocimiento de Cristo y necesarias como preparación para entrar al cielo.
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