
El Poder de la Palabra de Dios (Foto Pixabay)
La Palabra de Dios tiene un enorme poder para transformar, pero necesita del Espíritu Santo para lograrlo. Lo veremos a continuación.
La Biblia es el manual de instrucciones dejado por Dios para que llevemos una vida santa y perfecta. Sin embargo, y dado que la Palabra de Dios fue inspirada directamente por Él, no puede ser leída, entendida o asimilada si no pedimos la dirección de esa luz divina que es el Espíritu del Padre para que nos ayude a comprenderla e interpretarla correctamente. Porque las cosas de Dios han de discernirse por el Espíritu de Dios (1 Corintios 2:14).
El Poder de la Palabra de Dios
Es el Espíritu Santo, el que hace de la Palabra de Dios una luz, cuyo poder puede transformar la vida de todo aquel que la recibe. Dice en el Salmo 119:105 que la Palabra de Dios es la lumbrera que ilumina nuestro camino. Y es cierto pero no sin la ayuda del Espíritu Santo.
Porque el poder de la Palabra de Dios se debe a la obra del Espíritu Santo. La Palabra de Dios sola no puede funcionar ni transformar a nadie, del mismo modo que una lámpara en si misma no sirve de nada sin el aceite o la energía que la pueda encender.
El ejemplo mas claro lo vemos en los escribas y fariseos de la época de Cristo, que se conocían la Palabra de Dios de memoria y la enseñaban, pero jamás fueron transformados por ella porque no tenían al Espíritu Santo. Y por esa misma razón no pudieron reconocer ni aceptar a Jesús como el Mesías prometido, y lo mataron.
La Palabra de Dios y el Espíritu Santo Transforman Vidas
Jesús dijo que los cristianos somos la luz del mundo (Mateo 5:14). Esto significa que tenemos que ser los portadores de la luz de Cristo a través de nuestro carácter y nuestra conducta ante el mundo.
Pero existen algunos requisitos para poder ser esa luz y tiene que ver con el nuevo nacimiento mencionado por Jesús en Juan 3:1-7.
Nacer de nuevo significa que Dios pone su simiente en nosotros a través de su Santo Espíritu, cuando nos arrepentimos genuinamente de nuestros pecados, los confesamos a Dios y nos disponemos a dejar de pecar.
Es entonces cuando comenzamos a estudiar la Palabra de Dios, a entenderla, a asimilarla y a ponerla por obra, sometiéndonos a la Voluntad de Dios y transformando nuestras vidas gracias al Espíritu Santo que mora en nosotros, para convertirnos en esa luz que debe iluminar la terrible oscuridad del mundo que nos rodea.
Los cristianos tenemos que impartir la luz de Cristo ante el mundo, pero no lo podemos hacer por nuestro propio esfuerzo, sino solamente a través de la obra del Espíritu Santo en nosotros y el poder de su Palabra, pero tenemos que estar dispuestos a dejarnos moldear por ambos.
Es el amor de Dios impartido al hombre a través de Cristo, lo que lo capacita para impartir su luz, haciendo que su incondicional amor fluya ampliamente para brillar ante el mundo mediante las buenas obras que son los buenos frutos del espíritu.
La Santificación es pues el proceso o desarrollo de la vida cristiana, que está compuesta por varios ingredientes tales como el estudio concienzudo de la Palabra de Dios, la comunión con el Padre a través de la oración ferviente, el sometimiento a su Voluntad y obediencia a sus principios, y la transformación del carácter por medio del Espíritu de Dios para dar como resultado la Vida Eterna.
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