
La Conversión Genuina
Es obvio que para ser salvos Dios nos exige una conversión genuina. Veremos cómo alcanzarla según las Sagradas Escrituras.
La Conversión Genuina
Para poder alcanzar la eternidad Dios nos exige primero lograr una conversión genuina aquí en la tierra. ¿Pero qué es una conversión genuina y cómo se logra?
Para entenderlo mejor veamos lo que dice el diccionario acerca de la palabra conversión. Conversión significa: «Transformación o cambio de una cosa en otra muy distinta. Transformación de alguien o de algo en cierta cosa que antes no era».
Y transformación significa «Hacer que algo o alguien cambie de forma o aspecto. Hacer que algo cambie o sea distinto, pero sin alterar totalmente todas sus características esenciales«.
Creo que la palabra transformación es la clave, es decir, que es un cambio de forma, de aspecto o de condición, de un estado anterior a otro muy superior si es que podemos llamarlo así.
Es un cambio radical, sin que pueda volver atrás. Podríamos llamarlo también como una metamorfosis.
Un ejemplo muy claro y sencillo de conversión, transformación o metamorfosis es el de la mariposa que pasa de huevo a oruga, luego a crisálida para terminar convertida en una hermosa mariposa.
Una vez se ha convertido en mariposa de hermosos colores y voladora, jamás volverá a ser lo que antes fue.
La Conversión Genuina que Nos Exige Dios
Entonces la conversión genuina que nos exige Dios para llegar al cielo, Cristo la llama un nuevo nacimiento.
En el libro de Juan 3:3-6, el Señor tiene una conversación con un fariseo y le dice lo siguiente: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo?
¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Y respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es».
Nacer del Espíritu, es nacer de nuevo, es ser transformado de un viejo hombre carnal, pecador y mundano, a un hombre nuevo, cuya esencia divina ya reposa en él.
Es el Espíritu Santo el que pone su simiente en nosotros y dejamos de pensar como antes pensábamos, y dejamos de hacer las cosas que antes hacíamos, para hacer solo aquello que agrada a Dios.
Todo ha de cambiar en nosotros, aun los gustos y deseos. Cuando hay una conversión genuina, comenzamos a odiar el pecado, y podemos aun afirmar que ya nos cuesta pecar, porque sabemos que ofende a Dios.
Por eso dice en 1 Juan 3:9 lo siguiente: «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios».
Y en cambio deseamos conocer mas de Dios. Disfrutamos de estudiar su Palabra, y el hábito de orar se hace mas placentero.
Es como cuando nos enamoramos de alguien, que la convicción y la seguridad de ese amor tan grande que alguien nos profesa, nos hace hacer cosas diferentes para ese ser que amamos.
Así mismo sucede cuando nos enamoramos de Dios. La conversión genuina es el fruto de una férrea convicción de que ya no queremos vivir como antes lo hacíamos, sino que queremos vivir para Dios. La conversión genuina viene como resultado de enamorarnos de Dios.
Es tener una sed de conocer mas de Dios, de estudiar diariamente su palabra para ponerla por obra, de ayudar y servir al prójimo, de orar sin cesar por los demás y de compartir con otros la verdad del Evangelio para que otros puedan también sentir el maravilloso gozo y la paz de Cristo.
Porque del mismo modo que cuando nos enamoramos de alguien no dejamos de hablar de esa persona, así mismo cuando nos enamoramos de Cristo no paramos de hablar de El, a todo el que se nos ponga de frente, sin importar si nos rechazan o si nos miran como si hubiéramos perdido la razón.
Queremos entonces vivir para agradarlo para honrarlo y para obedecerlo sin condiciones, porque su infinito amor y el sacrificio de su hijo han cautivado por completo nuestro corazón, transformando no solo nuestros pensamientos y sentimientos sino nuestra propia esencia; adquiriendo nuestra identidad en Cristo.
Dios pone un nuevo corazón en nosotros; es la promesa de un corazón nuevo para quienes estén dispuestos a recibirlo. Él dice:
«Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra», Ezequiel 36:26-27.
Y en eso consiste la conversión genuina, en una transformación radical y definitiva hacia Dios y sus principios, dejando atrás al viejo hombre para siempre, crucificando al YO y sometiéndonos por completo a nuestro amado Salvador.
Si tú hasta ahora no has sentido eso, entonces no has nacido de nuevo y no eres salvo, de tal manera que clama a Dios con vehemencia para que ponga en ti un nuevo corazón, para que Él transforme tu vida por completo, y puedas entonces pasar la eternidad con Él, porque de lo contrario, no serás aceptado en el cielo.
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