
La Incredulidad Lleva a la Perdición
La incredulidad lleva a la perdición, porque si no le creemos a Dios sus promesas, negamos el plan de Salvación y estamos perdidos.
El poder del Espíritu Santo es comúnmente menospreciado por muchos dentro del cristianismo.
Es bastante habitual escuchar a cristianos decir por ejemplo que es imposible dejar de pecar; o que es imposible guardar los mandamientos de Dios y tantas otras cosas que niegan el sacrificio de Jesús.
Todo aquel que dice eso, está rechazando no solamente a Cristo sino también el plan de Salvación.
Cristo vino a morir por cada uno de nosotros para pagar con su muerte la enorme deuda de pecado que todos tenemos ante Dios, y dejarnos limpios y libres de culpa ante el Padre para comenzar otra vez desde cero una nueva vida de santidad y perfección para poder entrar al cielo.
Y como Dios conoce las debilidades y flaquezas de nuestra humanidad caída, nos envió un poder supremo, llamado Espíritu Santo para poder vencer el pecado y la maldad.
Ese poder sobrenatural es real aunque no lo podamos ver ni tocar, pero si lo podemos sentir y experimentar, si queremos.
Y para lograrlo la mente debe buscar constantemente a Dios, porque el Espíritu Santo no se le da a quien no lo quiere, no lo busca o que no cree necesitarlo.
La Incredulidad nos Lleva a la Perdición
Sin embargo, en medio de un mundo tan carnal y frívolo, es literalmente imposible para muchos percibir este sobrenatural poder dado por Dios.
¿Por qué? Porque vivimos en una sociedad que nos satura de actividades mundanas y entretenimientos falaces que mantienen ocupada nuestra mente y ligada a este mundo temporal y material.
Si vivimos en un mundo carnal no podemos discernir las cosas sobrenaturales, y en ese sentido es imposible vencer la maldad ni mucho menos alcanzar la victoria sobre el pecado.
«Porque el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, pues para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente», dice en 1 Corintios 2:14.
Es imposible percibir, entender o aceptar las promesas de Dios si no tenemos el Espíritu Santo, porque al ser cosas sobrenaturales, no se pueden discernir a través del mero intelecto.
Es por eso que la incredulidad nos lleva a la perdición, porque si no le creemos a Dios ni creemos en el poder del Espíritu Santo, no solamente le estamos diciendo mentiroso al Creador, sino que jamás obtendremos esa fuerza suprema para vencer a satanás, el gestor de toda perversión y maldad.
«Porque nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes», Efesios 6:12.
Nuestra lucha no es contra el ladrón, el violador o el asesino; nuestra lucha es contra satanás que utiliza al hombre carnal para sus fines macabros.
Recordemos que como seres espirituales estamos regidos siempre por una fuerza superior, buena o mala.
O estamos regidos por Dios o estamos regidos por el diablo, porque quien no se deja regir por el Espíritu Santo, por defecto está siendo guiado por satanás.
Es obvio que como humanos jamás podremos vencer el pecado, pero con la fuerza sobrenatural del Espíritu si, solo que tenemos que creer en ella y actuar en obediencia a Dios.
El hombre se separa de Dios al rehusar creer en la influencia del Espíritu Santo, y no existe otra influencia superior a esta que pueda iluminar la mente del hombre de manera positiva hacia los principios de Dios.
Los Incrédulos No Heredarán el Reino de Dios
Es por eso que los incrédulos no pueden recibir esa maravillosa dotación espiritual que los habilitaría para vencer todo vestigio de pecado y de maldad, ni tampoco estarían capacitados para vivir la vida santa que Cristo vivió en esta tierra.
Tampoco pueden alimentarse de la Gracia de Cristo que los podría hacer pacientes, amorosos, solidarios y tolerantes con el prójimo, aptos para ayudar y servir como embajadores de Cristo en la tierra.
Porque sin el Espíritu Santo el hombre no puede dar los buenos frutos que lo harían idóneo para la eternidad. Es por eso que los incrédulos no heredarán el Reino de Dios.
Pero la falta del Espíritu Santo, nos niega también la posibilidad de reconocer las trampas de satanás que vive al acecho para dañarnos y hacernos caer, ni tampoco para resistir al pecado.
Sin el Espíritu Santo el hombre está sin protección y a expensas del poder del mal, que ataca sin cesar porque sabe que le queda poco tiempo (Apocalipsis 12:12).
El Espíritu Santo es pues todo en nuestra vida, porque es el representante de Cristo en nuestro interior, es el que nos convence de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8), el que nos capacita para vivir en santidad como lo demanda Dios y el que nos prepara para la eternidad.
Dejemos de lado la incredulidad y pidamos a Dios que fortalezca nuestra fe, para poder creer en las promesas que el Padre tiene para nosotros, con mucha convicción y sin dudar, porque la duda ofende a Dios.
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