
Promesas de Dios para Quienes le Obedecen (Imagen de Engin Akyurt en Pixabay)
Dios tiene innumerables promesas para nosotros, pero la gran mayoría están condicionadas a nuestra obediencia y lo veremos a continuación.
Dice el Señor: “Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra”.
Esas palabras fueron dadas a Israel, el antiguo pueblo de Dios, pero hoy son para nosotros, el Israel Moderno, el Israel Espiritual, es decir, para los cristianos que nos hemos comprometido con Dios en un Nuevo Pacto hecho a través de la sangre preciosa de Cristo, nuestro amado Salvador.
Promesas de Dios para Quienes le Obedecen
La promesa consiste en que si obedecemos fielmente a sus principios, seremos un pueblo especial entre todos los pueblos de la tierra. Seremos para Dios su especial tesoro, y como un tesoro, Él cuidará de nosotros y nos protegerá de las asechanzas del diablo.
Pero además nos garantiza que Él nos ayudará a ser ese pueblo especial, obediente y sumiso. Dios puede y quiere guíanos a alcanzar ese objetivo, siempre y cuando estemos dispuestos a dejarnos guiar por Él.
El nos dice: Yo soy el Señor tu Dios, y si vas de la mano conmigo, yo iluminaré tu camino y te conduciré de manera segura por él. Dios nos ama tanto, que está dispuesto a llevarnos por el camino del bien si se lo permitimos. En el Salmo 32:8, Él nos dice: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos”.
Esa es otra promesa y quiere decir que como Él quiere nuestra obediencia, Él también nos enseñará y nos ayudará a lograrlo. Él irá con nosotros si se lo pedimos, y nos acompañará porque sabe que será difícil para ir solos, por un camino de tantas distracciones puestas por satanás.
Estamos transitando por un mundo regido por el diablo. Él, desde su caída, se convirtió en el enemigo acérrimo de Cristo y por lo tanto, es nuestro enemigo también. Y su principal objetivo es dañarnos, porque “él viene solamente a robar, matar y destruir”, (Juan 10:10), todo lo que se le presente a su paso.
El diablo sabe que está perdido y que le queda poco tiempo, y por eso está trabajando arduamente, con todo su séquito para inducirnos al mal. Pero nosotros sabemos que “Cristo vino para deshacer las obras del diablo” (1 Juan 3:8), y si permanecemos en Cristo, el diablo no tendrá ningún poder sobre nosotros, ni para dañarnos ni para desviarnos de nuestro destino inmortal en el cielo.
No debemos retirar nuestra mirada del Salvador, ni separarnos de Él, porque Él es esa maravillosa y resplandeciente luz que ilumina nuestro camino en medio de tanta oscuridad. Cuando nuestra mirada está fija en Cristo, olvidaremos los obstáculos que se puedan presentar, porque sabemos que Él nos lleva firmemente tomados de la mano, como un padre protector a un niño indefenso.
Tenemos que aprende a confiar ciegamente en Él sin objeciones. Y si nos falta fe para alcanzar ese elevado nivel de confianza, pidámosle a Él que nos ayude a alcanzarlo. La Biblia nos da un claro ejemplo de lo que pasa cuando retiramos nuestra mirada de Cristo.
Recordemos la historia que está en Mateo14:22-33. La historia cuenta que los discípulos de Jesús se encontraban de noche atravesando una terrible tormenta mar adentro. De pronto Jesús que estaba en tierra, viene hacia ellos caminando sobre las aguas. Ellos se asustaron mucho pero Jesús les dijo:
“-No teman que soy yo. Entonces Pedro le dijo: -Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas. Y él dijo: -Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al notar la fuerza de las aguas comenzó a hundirse y gritó: -Sálvame Señor. Al momento Jesús lo tomó de la mano y le dijo: -Qué poca fe tienes por qué dudaste?”
Pedro mientras se dirigía al Señor sin quitarla vista de Él, pudo caminar también sobre las aguas, en medio de la tormenta. Pero cuando permitió que las circunstancias eternas, lo desviaran de Cristo, llegó la duda y entonces comenzó a hundirse. ¿Por qué? Por retirar su mirada de Cristo, y al hacerlo su fe se debilitó, porque las circunstancias se hicieron en ese momento mas poderosas para él que el Señor.
Las malas circunstancias de la vida siempre van a estar ahí, porque vivimos en un mundo de oscuridad; ese mundo regido por el diablo que Cristo también venció por nosotros y para nosotros. No olvidemos sus palabras: “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, porque yo he vencido al mundo”.
Es por eso que no debemos quitar la mirada de nuestro Salvador, ni tampoco soltarnos de su mano poderosa, porque comenzamos a hundirnos. Debemos clamar a Dios para que fortalezca nuestra fe, al punto de que ninguna situación adversa nos pueda separar del amor de Dios y de la certeza de sus promesas. Las promesas de Dios para quienes le obedecen.
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