
El Peor Enemigo del Cristiano
¿Cuál es el peor enemigo del cristiano? Quizá pienses que satanás, pero ese no es ¿Entonces cuál? Lo veremos a continuación según la Biblia.
Si yo te preguntara ¿cuál es el peor enemigo del cristiano, qué me responderías? Probablemente me dirías que satanás, y aunque es cierto que satanás es un enemigo poderoso para nosotros, ese sin embargo, no es el peor enemigo nuestro.
El Peor Enemigo del Cristiano
Existe otro enemigo que es aun mucho más poderoso. Todo el que quiera alcanzar la eternidad con Cristo, tendrá que enfrentar y derribar cada día a su peor enemigo que es su propio “YO’. Ni siquiera satanás es tan difícil de vencer, como vencer a nuestro “YO”.
Sin embargo, satanás si saca mucha ventaja de esto, porque quien no muere al “YO”, le está, sin pensarlo, rindiendo tributo a Satanás, porque él es el rey del egoísmo y del orgullo, sentimientos muy opuestos a lo que nos enseña Jesús.
Recordemos sus palabras: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame”. Y también dijo: “Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”, Lucas 14:33.
Dice que renunciar a todo, y todo es TODO, especialmente a nuestro “YO”. Seguir a Cristo significa renunciar al mundo y a todas las cosas del mundo que tanto nos gustan y que nos alejan de Dios. Significa renunciar a nuestros gustos y deseos que no edifican, que no fomentan la santidad y la pureza, y que tampoco glorifican a Dios.
¿A qué me refiero? A todas las actividades a las que no podrías llevar a Cristo contigo, porque Cristo no las haría, ni estaría de acuerdo con ellas. Por ejemplo:
*No fiestas que fomentan el bullicio, el desorden y el vicio.
*No películas del mundo o novelas, que solo muestran escenas de sexo, violencia y descomposición social.
*No youtube, redes sociales y demás, que cautivan nuestra atención por horas y horas, sin dejarnos ningún provecho para nuestra eternidad.
*No tradiciones y celebraciones mundanas, como el halloween, la navidad, y otras que tampoco son aceptadas por Dios.
Y esto, solo por mencionar las que pueden considerarse actividades sanas por el mundo. He escuchado a muchos decir: “Pero eso no tiene nada de malo, a mí me gusta”. Es cierto, pero no es lo que le gusta a Dios, y ahí quien está hablando es precisamente el “YO», ese que Dios no acepta si queremos seguirlo a Él.
Dios nos ofrece una eternidad con Él y la estamos cambiando por placeres temporales y entretenimientos mundanos que nos desvían del camino angosto que nos exige Dios.
De esa manera los días se nos vuelven cortos, entre las horas de sueño, el trabajo y el entretenimiento sin quedar nada de tiempo para Dios y para su obra. Tampoco queda tiempo para prepararnos para la eternidad.
Pero eso es lo que el diablo quiere; llenar nuestra vida de distracciones, para así olvidarnos de Dios, y al final los que perdemos somos nosotros, porque Cristo viene por una iglesia santa y pura y sin mancha (Efesios 5:27), y desechará lo demás.
Ese “YO” interior que nos impide renunciar al mundo, tenemos que matarlo cada día, porque ese “YO”, es el que utiliza Satanás para tentarnos diariamente. Es él el que nos dice que las distracciones del mundo y la disipación no tienen nada de malo, para de ese modo convencernos y desviarnos.
Son sus engaños y sus artimañas, las que nos quieren convencer de que perder el tiempo en esto o aquello no tiene nada de malo, mientras el tiempo se acorta para recibir a Cristo, y que nos tome por sorpresa e irremediablemente perdidos.
Por eso el apóstol nos advierte al respecto cuando dice en 1 Pedro 5:8 lo siguiente: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar”.
¿Y cómo lo logra? Tentándonos con todas aquellas cosas que son tan agradables a nuestros sentidos, pero que no agradan a Dios, ni tampoco aportan nada a nuestra santidad.
El diablo quiere que alimentemos nuestro “YO” para así desechar a Dios. Quien no quiera crucificar su “YO”, tendrá que olvidarse de Cristo y de su eternidad en el cielo, porque solo haciendo la Voluntad del Padre, es que seremos aceptados en él.
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