
Destrucción de Jerusalén
Israel era el Pueblo Escogido de Dios, pero por su presunción y maldad Dios tuvo que destruirlos. Veremos cómo sucedió a continuación.
Los habitantes de Jerusalén se sentían muy orgullosos de su ciudad y su templo, porque eran verdaderamente unas joyas arquitectónicas, y muy admiradas y respetadas por los pueblos vecinos.
Se habían ganado el prestigio y el respeto del mundo de entonces, pero ellos habían olvidado que era Dios quien los había llevado a la cúspide, la grandeza y el honor. Pero la historia del pueblo de Dios, se había convertido ahora en otra muy diferente.
Aquel pueblo que otrora obedecía y amaba a Dios, se había convertido en un pueblo apóstata y rebelde contra los principios del Señor, menospreciando todas las amonestaciones y advertencias de Dios para que retomaran el buen camino.
Se habían vuelto presuntuosos porque a pesar de que “hacían escarnio de los mensajeros de Dios y se burlaban de sus profetas” (2 Crónicas 36:16), el Señor seguía siendo paciente y misericordioso con ellos, y los seguía bendiciendo, porque la intensión de Dios nunca es condenar sino salvar. Pero lamentablemente ellos no lo entendieron así.
Por Qué Dios Destruyó a Israel
Fueron muchas las advertencias y amonestaciones desoídas por Israel, hasta que Dios decidió, como última carta para salvarlos, mandar a su Hijo Jesucristo. pero ellos no lo reconocieron ni lo aceptaron como el Mesías anhelado. “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron”, dice en Juan 1:11.
Por tres años y medio Cristo anduvo en medio de su amado pueblo, llevando el mensaje de Salvación, curando enfermos y liberando a muchos del poder del diablo. Sin hogar y sufriendo toda clase de penurias y oprobio, seguía ayudando a todos, y derramando su infinito amor sin esperar nada a cambio, con la única esperanza de salvar a todo aquel que se lo permitiera.
Pero aquel pueblo tenía el corazón endurecido, y lo rechazaron una y otra vez, hasta condenarlo y crucificarlo. El tiempo de la gracia para Israel transcurría velozmente sin mayores resultados, y la copa de la ira de Dios, a punto de llenarse para ser derramada sobre aquel pueblo rebelde y culpable, y el único que podía salvarlos del inminente castigo, había sido rechazado, menospreciado, condenado y muy pronto asesinado.
Cristo miraba con tristeza la gran ciudad, y su inexorable castigo, pero nadie en ella se daba por enterado. La vida continuaba adentro como si nada pasara, y Jesús lloró con tristeza por ella, porque Él sabía que de todo aquello “no quedaría piedra sobre piedra que no fuera derribada”, según sus propias palabras en Mateo 24:2.
Con tristeza dijo: “ ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! He aquí vuestra casa os será dejada desierta”.
Israel no solamente rechazó a los profetas y enviados por Dios antes de Cristo, sino que ahora rechazaba al Santo de Israel, al Creador del mundo, al Dador de la vida, al Mesías esperado, y que por su corazón endurecido no supo reconocer.
La ira de Dios era entonces declarada contra Jerusalén a causa de su maldad y de su obstinada incredulidad, haciendo inevitable su condenación e inminente destrucción.
Los judíos se decían ser guardadores de la Ley, pero lo único que hacían era pisotear los principios de Dios, y la pureza de Cristo los hacía resaltar su propia iniquidad, y por eso deseaban matarlo. Decían que Cristo era el único culpable de todas las desgracias que habían sobrevenido sobre la ciudad, desgracias que eran solamente el resultado de su propia maldad.
Pero al ellos asesinar a Cristo habrían de sentirse libres para seguir viviendo la vida desordenada y perversa que venían llevando desde hacía mucho tiempo, sin tener a nadie que les estuviera mostrando su iniquidad.
Dios sin embargo no los destruyó de inmediato, El aun les dio unos años mas para ver si por medio de la predicación de los apóstoles y los de la Iglesia Primitiva lograban hacer mella en aquellos corazones despiadados y perversos. Pero no fue así, y es por eso que en el año 70 de nuestra era, Dios permitió que Roma destruyera la ciudad y el majestuoso templo.
Millones de judíos murieron y los que sobrevivieron fueron llevados como esclavos, usados como entretenimiento en el anfiteatro romano comidos por animales salvajes, o dispersados por todo el mundo. Se quedaron sin tierra y sin su sitio de adoración a Dios. Este destierro duró muchos siglos, casi por dos mil años, porque solo en 1945 la ONU, les devolvió parte del territorio ya ocupado por los árabes.
Pero tal vez el peor castigo para ellos al volver, es que en el sitio donde anteriormente se hallaba el majestuoso templo de Dios, hoy se encuentra una imponente mezquita musulmana, centro principal de adoración de los árabes que ocupan también parte de ese territorio.
Dice la palabra del Señor en Números 14:18 lo siguiente: “Jehová, es tardo para la ira y grande en misericordia, que perdona la iniquidad y la rebelión, pero de ningún modo tendrá por inocente al culpable; que visita la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y hasta la cuarta generación”.
Debemos tener mucho cuidado con el Señor y no confundir su misericordia y paciencia con falta de carácter. El Es Dios, Y aunque es muy paciente y nos ama demasiado, cuando le toca castigar, no le pesará la mano para hacerlo.
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