
Cuando vivimos ante la Presencia de Dios vivimos en el Espíritu y vivir en la Presencia de Dios es también guardar su Ley. Lo veremos a continuación a la luz de la Biblia.
Vivir en el Espíritu es morir al “Yo”, porque el amor al “Yo”, o el amor a uno mismo, nos impide someternos a Dios. El amor al “Yo” es vivir en la carne y desagradando a Dios. En Romanos 8:5-8 dice lo siguiente:
“Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, piensan en la cosas del Espíritu. Pues el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz, ya que los designios de la carne son enemistad contra Dios, porque no se sujetan (obedecen) a la Ley de Dios. De tal manera que los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”.
Vivir en la carne es ir en contra de Dios y de su Ley, porque vivir en la carne es vivir para sí mismo, para sus placeres y deseos, y desconociendo la autoridad de Dios.
La Ley de Dios dice que nadie vive para sí mismo sino para Dios, porque los seres humanos fuimos creados para darle gloria, honra y alabanza solo a Él. Pero después del pecado el hombre dejó de pensar en Dios para pensar en sí mismo, pues fue esa la semilla que el pecado le dejó.
El hombre dejó de vivir en el Espíritu al ser expulsado de la Presencia del Dios Altísimo, y comenzó a vivir en la carne sin ocuparse más de su relación con el Creador. Dios prácticamente dejó de existir en la vida del hombre y eso le trajo su perdición.
Y ese sentimiento de rechazo a Dios, fue pasando de generación en generación hasta nuestros días, al punto de que el hombre ya no cuenta con Dios para nada. Aun en la época de Cristo, Él fue rechazado y asesinado. Dios literalmente dejó de existir en la vida del ser humano para siempre.
Vivir En El Espíritu
Pero Dios en su infinito amor, no quiso dejarnos en esa condición caída, y por eso Él mandó a su Hijo para rescatarnos y poder salvarnos.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga Vida Eterna”, Juan 3:16. Porque dice también la Biblia que “Dios no quiere que nadie se pierda, que todos procedan al arrepentimiento”, 2 Pedro 3:9.
Es por eso que a través de Cristo, podemos nacer de nuevo, dejando esa naturaleza pecaminosa y caída, y vivir en el Espíritu, porque “los que somos de Cristo, hemos crucificado la carne con sus pasiones y deseos” (Gálatas 5:24).
Cuando vivimos ante la Presencia de Dios vivimos en el Espíritu y vivir en la Presencia de Dios, es también guardar su Ley y andar en obediencia a todos sus preceptos, reconociéndolo a Él como nuestra máxima autoridad. La Ley de Dios se resume en el amor puro y sincero que no busca lo suyo. Veamos cómo lo define la Biblia:
“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, ni guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. El amor todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser”, 1 Corintios 13:4-8.
Violamos la Ley del amor, es decir la Ley de Dios, cuando queremos vivir para nosotros y no para Dios, porque la Ley de Dios es la Ley del Amor, y la Ley del Amor es vivir para Dios. En otras palabras, si vivimos para Dios, estamos viviendo en el Espíritu, pero si vivimos para nosotros mismos, estamos viviendo en la carne y rechazando a Dios.
Veamos lo que dice el apóstol en Gálatas 5:16-17: “Andad pues en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, y ambos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”.
Es por eso que si estamos en Cristo tenemos que morir al “Yo”, porque no podemos servir a dos señores. No podemos decir que servimos a Dios cuando en realidad no hemos podido renunciar al mundo. Cristo lo dijo muy claramente en Lucas 14:33 al expresar lo siguiente: “Así pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo”, y discípulo significa seguidor.
Cuando decidimos seguir a Cristo tenemos que renunciar a todo, empezando por renunciar al “Yo”, a mis gustos, mis deseos y placeres, porque Él nos exige someter nuestra voluntad por completo a la suya. Dios no se conforma con poco, porque si Cristo dio su vida por nosotros, así mismo nos demanda la nuestra.
¿Estaremos dispuestos a hacerlo? El punto es que el hacerlo no es una opción, sino una obligación, si es que en verdad queremos ir al cielo.
El apóstol Pablo lo resume en un solo versículo: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu”.
Si este artículo te parece interesante, compártelo. Es esa la forma en que podemos llevar la Palabra de Dios a todo rincón. Gracias.
Un sitio para reencontrarte con Dios
Cristianismo y otros temas de interés
Blog para jóvenes cristianos
Un lugar para reflexionar juntos....
Mensajes predicados por Juan Manuel Montané
Comentarios recientes