
La Fe de Jesús era férrea, absoluta y plena en que su Padre estaría siempre a su lado para proveerle todo lo que Él necesitaba como humano.
La palabra fe significa confianza, seguridad o certeza acerca de algo o de alguien, y hoy hablaremos de esa confianza, esa seguridad férrea y absoluta que Cristo tenía en su Padre amado.
Cristo sabía que mientras estuviera firme y estrechamente unido en su relación con el Padre, Dios le daría la fuerza necesaria para vencer todas las tentaciones (Mateo 4:1-11); el amor y el consuelo para reconfortarlo en los tiempos difíciles, y la capacidad para obedecer sus mandamientos (Juan 15-10), mismas cosas que nosotros podemos tener si mantenemos también una íntima relación con Nuestro Salvador.
Es por eso que dice el apóstol que “Cristo vino a deshacer las obras del diablo”, 1 Juan 3:8, porque Él pudo vencerlo como hombre, y hoy, a través de su Santo Espíritu nos capacita no solamente para ser obedientes a los mandamientos de Dios sino también para vencer todas nuestras tentaciones, porque además Dios nunca permitirá que seamos tentados más de lo que podamos resistir, sino que nos da la salida para vencer dichas tentaciones (1 Corintios 10:13).
Cómo Era la Fe de Jesús
Parte absolutamente necesaria para que Cristo pudiera cumplir con éxito su misión aquí en la tierra, era la perfecta fe que Él tenía en su Padre Celestial. Sin esa fe absoluta, Cristo hubiera fracasado de manera rotunda.
Cristo sabía que su Padre era fiel, y que no permitiría que Él fuera tentado más de lo que en sus fuerzas humanas pudiera soportar, permitiéndole así alcanzar la victoria sobre cualquier tentación, en la medida en que estuviera dispuesto a enfrentar la prueba, y claro que Cristo estaba dispuesto, pues era parte de su misión.
Pero las pruebas o tentaciones de Cristo no eran buscadas por Él, sino propiciadas por satanás y permitidas por Dios; y Jesús sabía que si mantenía su integridad, Dios lo ayudaría a no dejarse vencer, porque esa era una garantía para Él, como lo es para nosotros hoy.
Cristo sabía que Dios permanecía con Él a diario y sentía su Presencia en todo momento de su vida. El afirmaba: “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada”, Juan 8:29.
Pero aquí Cristo nos da la clave para que el Padre permaneciera con Él y está en la última frase: “Él no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada”. Cristo hacía siempre la Voluntad del Padre. Él obedecía fervientemente lo que Dios le mandaba que hiciera y jamás hacía su propia voluntad, sino la voluntad del Padre. El mismo lo afirmaba siempre: “No puedo yo hacer nada por mí mismo; porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”, Juan 5:30.
Los Cristianos Tenemos que Tener la Fe de Jesús
El fracaso de la mayoría de los cristianos de hoy que dicen no poder obedecer los mandamientos ni vencer el pecado se debe precisamente a no tener la fe de Jesús y a no querer someter su voluntad a la Voluntad de Dios. Cristo venció el pecado en su esencia humana, es cierto, pero lo hizo precisamente por eso, porque Él dependía por completo de su Padre Celestial.
Y es de esa misma forma que Él nos garantiza como poder vencerlo, permaneciendo en Él así como el permanecía en su Padre. El decía: “Mi Padre y yo uno somos”, Juan 10:30.
Tenemos que permanecer en Cristo para poder alcanzar la victoria sobre el pecado, porque es su esencia transformadora en nosotros la que puede hacer el milagro. El mismo lo expresó de manera magistral en Juan 15:4-5 cuando dijo:
“Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer”.
Cuando una hoja o una rama se corta del tronco, esta se seca porque deja de recibir la savia o alimento que viene del árbol, y del mismo modo cuando no estamos ligados con Cristo, nos secamos espiritualmente y somos absorbidos por la corriente del mundo.
Sin Cristo es imposible dar un buen fruto, y al final seremos desechados por Dios. Él mismo lo afirma: “El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y será recogido y echado en el fuego, y arden”, Juan 15:6.
La clave para Cristo haber vencido el pecado y salvarnos de la condenación eterna, era la completa dependencia que tenía del Padre y la fe absoluta de que Dios nunca lo desampararía. Pero también lo fue su fidelidad para ser obediente y agradar siempre con su conducta al Padre.
Ese fue el ejemplo que Él nos dio, y es también eso lo que Dios nos exige hoy si queremos en verdad pasar toda la eternidad con Él.
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