El Castigo de Dios Para Su Pueblo Escogido

El Castigo de Dios para su Pueblo Escogido (Foto Pixabay)
Si los israelitas fueron castigados en su momento, el Pueblo Escogido de hoy será castigado también si persiste en seguir pecando.
Es cierto que la misericordia de Dios es muy grande y tiene mucha paciencia con nosotros, sin embargo y como dice la Biblia “El es tardo para la ira y grande en misericordia pero de ninguna manera tendrá por inocente al culpable”, (Números 14:18, Nahúm 1:3).
Dios es bueno, todos lo sabemos, pero también es justo y no puede transigir con el pecado, y menos aún con el pecado de su Pueblo Escogido, porque los juicios de Dios comenzarán precisamente por los de su casa (Ezequiel 9:6).
En Ezequiel 33:11 dice así: “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva. Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel”.
Estas son palabras del Señor, dirigidas, no a la gente del mundo, sino a su Pueblo Escogido. Era una amonestación, una advertencia, un llamado al arrepentimiento, porque ellos se habían alejado de los principios que Dios les había ordenado seguir, y estaban actuando impíamente, sin importarles su condición privilegiada de ser los escogidos de Dios.
Porque cuando decidimos desobedecer los principios de Dios, nos convertimos en impíos como cualquier otro que no sigue a Cristo, y es por eso la advertencia de Dios a regresar a sus caminos.
El Castigo de Dios para Israel, el Primer Pueblo Escogido de Dios
Dios escogió a un hombre, Abraham, por medio del cual, junto con su esposa Sara, establecería un pueblo perfecto y santo, guiado por Dios, para ser su Pueblo Escogido (Génesis 12:1-3).
Dios tenía grandes planes para este pueblo, lo cuidó, lo guió, lo llenó de riquezas e innumerables bendiciones, para que fueran un pueblo santo, pero ellos fueron rebeldes, y persistentemente desobedecieron a Dios.
Ese pueblo tan favorecido por el Creador se había convertido descaradamente en un pueblo impío, apóstata y rebelde, rechazando con su proceder la Gracia de Dios, abusando de sus privilegios y desperdiciando sus innumerables oportunidades.
Sin embargo, y a pesar de que siempre “hacían escarnio de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas” (2 Crónicas 36:16), el Señor en su inmensurable amor persistía en tratarlos con bondad. Pero finalmente y ante tanta rebeldía, Dios se jugó su última carta, anhelando que con ella pudiera ganarse los corruptos corazones de su amado pueblo.
Fue entonces cuando Dios mandó a su propio Hijo para salvarles, y por tres años y medio (tiempo que duró el ministerio de Jesús), estuvo amonestando con amor, sanando enfermos, liberando a los cautivos de demonios, resucitando muertos y haciendo toda clase de señales milagrosas, pero aquellos endurecidos corazones, rechazaron a Cristo y lo asesinaron.
Eran corruptos pero se consideraban justos. Satanás los tenía tan enceguecidos que aun al asesinar al Mesías, sintieron estar sirviéndole a Dios.
Esa fue la gota que rebozó la paciencia y la misericordia de Dios y cuarenta años más tarde, Jerusalén, esa ciudad pujante y admirada por todos sus vecinos, y ese majestuoso templo, fueron destruidos por los romanos, sin que literalmente quedara piedra sobre piedra como lo profetizó Cristo la víspera de su crucifixión (Mateo 24:1-2).
En esta monumental masacre murieron más de un millón de judíos y los que quedaron vivos fueron llevados cautivos, vendidos como esclavos, arrojados a las fieras del circo, o desterrados y esparcidos por todas las naciones del mundo por casi 2000, desde el año 70 de nuestra era hasta 1948 que la ONU les devolvió solo una parte de su territorio, ya ocupada por los árabes. El castigo fue tan grande como su maldad, y el destierro, por generaciones y generaciones.
Y por esa incesante rebeldía y por haber desconocido a Cristo como el Mesías esperado, perdieron el privilegio de ser el Pueblo Escogido, y Dios entonces abrió el derecho a la Salvación al mundo de los gentiles, el Israel Moderno
El Castigo de Dios Para Su Pueblo Escogido (el Israel Moderno)
Pero el Israel Moderno no dista mucho de la perversión de aquellos días; la frivolidad, la idolatría, el desconocimiento y negación de la Ley de Dios que es el carácter de Cristo y la falta de amor al prójimo no nos hace mejores que los judíos de antaño.
El Pueblo Escogido de hoy, los israelitas modernos, se jactan de ser llamados hijos de Dios, pero actúan como si fueran hijos del diablo, viviendo como vive el mundo o aun peor que el mundo.
No estudian la Biblia, no viven en santidad, no ayudan al necesitado, no sirven a Dios y por supuesto que no conocen a Cristo porque no han nacido de nuevo, (condición indispensable para alcanzar el cielo), pero tienen la certeza en su corazón de que a pesar de su vida desordenada y pecaminosa, ya tienen el cielo ganado.
Afirman que seguirán pecando hasta la Venida de Cristo, y que aún así estarán con Él por toda la eternidad, sin comprender que este es el engaño más grande que el diablo ha logrado implantar en los corazones de aquellos que han querido tomar la Salvación como un libertinaje para seguir viviendo desordenadamente.
La Biblia está llena de versículos que afirman que ningún pecador entrará al cielo. Veamos lo que dice el apóstol Pablo en Gálatas 5:19-21: “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas porque los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”.
Es hora pues de comenzar a prepararnos, de esforzarnos por encontrar ese camino angosto del que habló Cristo y que es el único que nos llevará a la eternidad, porque si Dios no perdonó a los israelitas, con seguridad que no le pesará la mano para castigarnos a nosotros, si persistimos en seguir pecando. Recordemos que “sin santidad nadie verá a Dios”, Hebreos 12:14.
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Consta de 9 cortos capítulos que demuestran, cómo puede cambiar la vida de alguien cuando se atreve a creerle a Dios. Cómo con Dios podemos pasar de la total derrota, a la rotunda victoria. Ese fue mi caso. Espero que pueda ser de edificación y bendición para muchos, porque esa fue la intención al escribirlo. Bendiciones para todos.
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