El Significado del Perdón de Dios

El significado del perdón de Dios
El perdón de Dios es tan grande que a veces nos cuesta entenderlo, porque su perdón no fue por nuestras buenas obras sino por gracia.
Sí, el perdón de Dios es tan grande que nos lo dio gratuitamente, no por asistir frecuentemente a la iglesia, ni por leer diariamente la Biblia; tampoco lo hizo por la generosidad que tengamos con nuestro hermano, o por cuanta oración hagamos.
Todo eso es bueno claro está, todo eso le agrada a Dios, y de hecho tenemos que hacerlo, pero debemos entender que nuestra cuenta de pecado es tan grande que ni todas las buenas obras del mundo de todos los habitantes de la tierra, hubieran podido pagar el perdón de Dios, a la luz de su perfecta e incorruptible justicia.
Ante la justicia perfecta de Dios todos nuestros pecados, deudas y ofensas nos ponen literalmente en bancarrota. Todos sabemos que en el mundo de los negocios, una persona o una empresa tiene que declararse en bancarrota, cuando sus deudas son tan grandes que ni trabajando el resto de su vida ni teniendo varios ingresos podría pagarlas. Al declararse en bancarrota entonces, los abogados reconocen que esta persona es incapaz de cumplir con sus obligaciones crediticias y estas les son perdonadas.
Los pecados nuestros son ofensas, transgresiones, deudas impagables ante quien es el ofendido. Él vendría siendo nuestro acreedor de tales deudas. Jesús entonces, al sacrificar su propia vida por todos los pecados de la humanidad, nos hizo libres, simplemente porque Él fue quien pagó la deuda impagable de nosotros. Solo Cristo, Dios hecho hombre perfecto y sin mancha podía pagar tales deudas y por amor lo hizo.
El Significado del Perdón de Dios
Sin embargo, el asunto del perdón no se queda ahí, es decir, yo no puedo pensar que Cristo pagó por mí, Dios me perdona y yo sigo como si nada. En realidad no es así de simple, porque el significado del perdón va mucho más allá. Veámoslo de esta manera:
Imagina que todos estamos hundidos en el mismo pantano y por más que quisiéramos salir, en vez de lograrlo, nos hundiéramos cada vez más. Nadie puede ayudar a nadie, porque todos estamos hundidos y de la única manera que pudiéramos salvarnos es que alguien estuviera afuera, tal vez alguien, que corrió con la suerte de no haber caído en el pantano, viniera y nos rescatara.
Esa persona que no se ha hundido, puede ingeniarse la forma de sacar a uno halándolo hacia afuera. El rescatado, una vez esté a salvo, y su salvador, harán lo mismo con otros dos, y estos cuatro ayudarán a otros cuatro y así sucesivamente. No sería para nada correcto, ni mucho menos justo que una vez que fue salvado tome su camino y no piense en los que como Él anteriormente estuvo, se sigan hundiendo sin remedio.
Es pues su deber, que así como él fue salvado, ayude a salvar a otros. Algo semejante pasa con el perdón de Dios. Gracias al pecado, todos vivimos perdidos en medio del caos del mundo, sin manera alguna de ser rescatados, porque todos estamos hundidos, porque todos somos pecadores. Entonces llega Jesús, varón perfecto enviado por Dios, paga el precio justo por la deuda que tenemos con Dios y nos recata. En 2 Corintios 5:21 dice:»Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Cuan gramde es el amor de Dios que hizo eso por nosotros, sin merecerlo.
Pero ahora, todos aquellos que ya hemos sido rescatados tenemos la obligación de vivir para Cristo, porque «Él por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos», como dice en 2 Corintios 5:15. Pero además, nuestra obligación es ayudar al prójimo y de convertirnos en esas personas que ayudemos a rescatar a otros. Jesucristo vino a cumplir su misión, pero antes de irse nos la encomendó a nosotros cuando dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”, (Marcos 16:15), porque lo que gratis hemos recibido gratis hemos de dar.
Ahora nosotros tenemos que compartir el evangelio, siendo testimonio de Jesucristo y llevando una vida recta, de tal manera que compartir el evangelio no es opcional, sino un mandato de Dios, y no tenemos que ir por todo el mundo, sino hacerlo con las personas que tenemos cerca, como por ejemplo el vecino, el amigo, el hermano, el compañero de trabajo, etc, porque ese es nuestro mundo.
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Consta de 9 cortos capítulos que demuestran, cómo puede cambiar la vida de alguien cuando se atreve a creerle a Dios. Cómo con Dios podemos pasar de la total derrota, a la rotunda victoria. Ese fue mi caso. Espero que pueda ser de edificación y bendición para muchos, porque esa fue la intención al escribirlo. Bendiciones para todos.
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