
El Poder del Amor de Dios
El poder del amor de Dios es tan grande que puede transformarnos en nuevas criaturas y en miembros de su familia. Lo veremos a continuación.
Cuando aprendemos a retirar la mirada de nosotros mismos para fijar la mirada en Cristo, entonces el amor que irradia el Salvador romperá las frías barreras, quitando toda dureza y egoísmo del corazón, para unir a las almas entre sí, sin importar distinciones de ninguna clase.
Porque solo el amor de Dios es capaz de ampliar y expandir la capacidad del corazón para amar incondicionalmente, de tal manera que todos los que aman a Jesús, puedan amar también sin reparos a su prójimo y aun a sus enemigos.
El Poder del Amor de Dios
Cuando el amor de Dios, el único eterno, genuino, puro e incondicional llena el corazón del hombre, se extenderá de manera fácil a otros sin esperar nada a cambio.
Es el amor que actúa en modificar el carácter mezquino y egoísta en altruista; el que es capaz de gobernar los impulsos, controlar los desmedidos instintos y pasiones, subyugar el odio y llevar los afectos a elevadas posiciones.
Es un amor tan grande que puede llenarnos y darnos una felicidad plena aun en medio de las peores circunstancias. Es ese amor reflejo del amor de Dios, pues «nosotros amamos porque Él nos amó primero», 1 Juan 4:19.
El Amor de Dios y la Obediencia
Pero para que la semilla de ese amor puro pueda crecer y fortalecerse, debemos fortalecer también nuestra relación con Dios a través de la obediencia a sus mandamientos.
Porque la obediencia implica que reconocemos su autoridad sobre nosotros, y al hacerlo, el Espíritu Santo comienza a trabajar en nuestro corazón para transformarnos en nuevas criaturas.
Dice en 1 Juan 4:16 lo siguiente: «Dios es amor, y el que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios en él».
Y permanecer en Dios es guardar su Palabra, porque «el que guarda su palabra, en este verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado», (1 Juan 2:5).
Es cuando obedecemos a Dios y a sus principios que su amor se manifiesta abiertamente en nosotros, porque nuestro amor hacia Dios se ve reflejado en primera instancia, en la obediencia y el sometimiento, y ese sometimiento al Padre es el que nos lleva también a amar profundamente al prójimo.
Cristo lo dijo: «El que tiene mis mandamientos, y los guarda, es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré á él», Juan 14:21.
Porque es el sometimiento el que transforma nuestro corazón, al morir al yo y dejar de lado todas las debilidades e imperfecciones, como el egoísmo y el orgullo, que entorpecen el crecimiento espiritual.
Y al someternos por completo a El, su amor se manifiesta abundantemente, como lo afirma en el versículo mencionado, simplemente porque Dios es amor.
La Muestra del Amor de Dios
Pero además, el amarnos los unos a los otros es una muestra de que el amor de Dios está en nosotros, porque el amor es de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y conoce a Dios, mientras que el que no ama no ha conocido a Dios, (1 Juan 4:7-8).
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