
Dios Quiere la Perfección del Hombre (Image by Tep Ro from Pixabay)
Sean perfectos como Dios es perfecto, dice en Mateo 5:48. Dios quiere la perfección del hombre, pero cómo? Lo veremos según la Biblia.
Dios, el Creador del universo hizo todo perfecto. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”, Génesis 1:31.
La expresión bueno en gran manera acerca de algo hecho por Dios, significa que es perfecto. Era imposible que Dios no lo hiciera de esa manera, pero entre tanta perfección, su obra maestra fue el hombre.
Dios creó todo a través de la Palabra. “Y dijo: Hágase la luz, y la luz fue hecha”, Génesis 1:3. “Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla, y árbol de fruto que dé según su género, y así fue hecho”, Génesis 1:11.
Y así, Dios fue creando cada una de las maravillosas cosas que hoy conocemos, hasta que llegó al hombre. “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz hálito de vida, y fue el hombre un ser viviente”, Génesis 2:7.
Aquí podemos notar cómo Dios puso especial cuidado y se esforzó al crear al hombre, porque no lo hizo a través de la palabra como todo lo anterior, sino que lo hizo con sus propias manos y sopló sobre él, de Su mismo Aliento, para darle vida.
Sabemos entonces que el hombre era perfecto, era el diseño perfecto de Dios, no solo porque Dios lo hizo con sus propias manos, sino porque lo hizo a su propia imagen y semejanza (Génesis 1:26). ¿Qué significa esto? Que muchos de los atributos de Dios como el amor, la justicia y la bondad, ente muchos otros, formaban parte implícita de nuestra esencia divina.
Por esta razón, el hombre vivía en perfecta armonía con Dios y no había maldad en él. Sus pensamientos eran puros y sus designios santos, lo que le permitía estar en una estrecha relación con el Creador.
Tenía un entendimiento bien equilibrado y un corazón que actuaba de acuerdo a la Voluntad de Dios. Adán y Eva podían compartir cara a cara con el Señor (Génesis 3:8), y las lecciones de amor que ellos recibían, eran impartidas directamente por el Creador.
Pero la transgresión trajo la decadencia, no solo del hombre sino también de la tierra. El pecado trajo sentimientos que ellos no conocían, como la vergüenza, la culpa, el miedo, el descontento, la ira, y todos los malos que hoy conocemos.
Sus facultades se pervirtieron, y el egoísmo sustituyó el amor que antes albergaba su corazón. Entró la enfermedad, y su naturaleza se hizo débil para resistir al pecado y al mal. El hombre murió espiritualmente, convirtiéndose en un ser que actúa por impulso y e manera carnal, incapaz de sujetarse a los principios de Dios, rompiéndose desde entonces la relación del hombre con el Creador.
Por la transgresión, Dios los expulsó del Edén (Génesis 3:23-24), y maldijo la tierra (Génesis 3:17). Los cardos y espinos que Dios anunció que produciría la tierra desde entonces, no solo eran literales sino que representarían en adelante, la dificultades y pruebas por las que tendría que pasar la humanidad para prepararse para la Redención.
Dios Quiere la Perfección Del Hombre
Dios desde el principio sabía que el hombre pecaría, y por su infinito amor, junto con su hijo en un Pacto Sagrado, elaboraron un plan de rescate a través de Cristo, porque ellos no querían dejar al hombre en esa condición caída.
Dios a pesar de la transgresión nunca renunció a salvar a la humanidad, porque Dios quiere la perfección del hombre, tal como fue creado. Dios sabía que tenía que salvarlo, y para eso Cristo ofreció hacerlo a través de su amoroso sacrificio.
Porque si la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), alguien tenía que ser sacrificado por nuestros pecados para salvarnos. Pero tenía que ser el sacrificio de un cordero perfecto y sin mancha.
Sin embargo, no podía ser cualquier cordero, por la magnitud del pecado de todos, y porque además ese sacrificio tenía que implicar una perfecta redención, en la que el hombre no solo fuera perdonado, sino también transformado para ser santificado para Dios y para la eternidad.
Ese sacrificio tenía que ser tan poderoso que permitiera reconciliar definitivamente al hombre con Dios, restaurando aquella plena perfección que tuviera antes de la transgresión. Tenía que ser el sacrificio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Cristo, nuestro amado Salvador.
Cristo vino, no solo para perdonar nuestros pecados pasados, sino para cambiar nuestro corazón y restaurar esa esencia divina con que fuimos creados. Sin embargo, Él no puede hacerlo solo. Él necesita de nuestra disposición, sometimiento y obediencia para poder hacer la obra en nosotros.
Dios quiere que seamos como Cristo, y está dispuesto a ayudarnos a lograr esa obra de perfeccionamiento para poder aceptarnos en el cielo, pero necesita que estemos dispuestos a dejarnos moldear por Él.
Cristo dijo: “El discípulo no es superior a su maestro; mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro”, Lucas 6:40. Porque «si Cristo está en nosotros y Dios en Él, seremos perfectos en unidad con Dios» según también Él dijo en Juan 17:23.
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