El Poder Transformador de la Palabra de Dios

El Poder Transformador de la Palabra de Dios (Imagen de nandinha_sales1 en Pixabay)
La Palabra de Dios tiene un maravilloso poder transformador en quiénes se esmeran por estudiarla a diario y los prepara para la eternidad.
La vida de Cristo que da vida al mundo está en su Palabra, y si Dios quiere que seamos como Cristo, es solo a través de su Palabra que podemos aprender a imitarlo. Dice la Biblia que Cristo mismo es la Palabra, Cristo es el Verbo de Dios. En el libro de Juan 1 dice lo siguiente:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”.
Cristo mismo es la Palabra y siendo Dios, se hizo carne para habitar entre nosotros y salvarnos. Pero también por su Palabra fue que Cristo creó lo que conocemos, este maravilloso mundo con todo lo que hay en él y lo creó para nosotros, sus preciadas criaturas.
El no tuvo que hacer nada, simplemente ordenar que se hiciera y todo se hizo, por el poder de su Palabra (Génesis 1:1-25). Sin embargo, su amor hacia la criatura humana fue mayor, porque con respecto al hombre Él si se esmeró. Con sus propias manos lo formó, y a su propia imagen lo creó:
“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente (Génesis 1:26, 2:7)”.
Dios hubiera podido decir: Hágase también el hombre, pero no lo hizo porque Él quiso hacerlo con sus propias manos. Cuánto amor, no?
El Poder Transformador de la Palabra de Dios
Pero volviendo al poder de la Palabra de Dios, fue por su Palabra como Cristo a su paso por la tierra, sanó la enfermedad, echó fuera los demonios, calmó el mar y resucitó a los muertos. Fue a través de su Palabra que pudo transformar las vidas de hombres cuyos comportamientos eran bastante pecaminosos y desordenados.
Pero esa misma Palabra sigue viva y eficaz en el proceso transformador de sus escogidos. Esa misma Palabra Eterna, ha quedado plasmada para nosotros a través de las Sagradas Escrituras, escritas por hombres pero inspiradas por su Santo Espíritu.
La Palabra de Dios es la que imparte poder para vencer el pecado y engendra vida, porque nos permite cultivar esa nueva esencia espiritual que adquirimos al nacer de nuevo.
Esa Palabra es la que nos hace crecer en el largo camino del cristianismo y es también la que nos prepara para la eternidad. En 1 Timoteo 3:15-17 el apóstol Pablo expresa las siguientes palabras dirigidas a su amado hijo en Cristo, el joven Timoteo:
“Pero persiste tú en lo que has aprendido, sabiendo de quién lo has aprendido, ya que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.
Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”.
La Palabra de Dios tiene la maravillosa cualidad de confrontarnos en nuestra intimidad, en silencio, pero con el infinito amor del Padre, porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”, (Hebreos 4:12).
Sin embargo, y aunque es cierto que la Palabra de Dios tiene el suficiente poder para transformar vidas, para que esto se cumpla es necesario que estemos dispuestos a ser transformados. Es necesario que tengamos la suficiente humildad para reconocer nuestras debilidades y la necesidad de Cristo para poder dejarlas, porque de lo contrario sería imposible lograrlo. Quien no quiera dejar de lado su orgullo y morir al yo por el Señor, no podrá ser transformado.
El ejemplo más claro de ello fue el de Judas Iscariote, quien pudo compartir mucho con Jesús y sin embargo, nunca dejó sus malas mañas. Fue él quien lo vendió a quienes querían matarlo.
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Consta de 9 cortos capítulos que demuestran, cómo puede cambiar la vida de alguien cuando se atreve a creerle a Dios. Cómo con Dios podemos pasar de la total derrota, a la rotunda victoria. Ese fue mi caso. Espero que pueda ser de edificación y bendición para muchos, porque esa fue la intención al escribirlo. Bendiciones para todos.
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