
En el principio todo era perfecto, pero la desobediencia a Dios trajo como consecuencia muerte, dolor y calamidades. Descubre cómo romper estas maldiciones.
En el principio todo era perfecto para el hombre porque estaba con Dios y su conexión con el Creador era perfecta. Dios creó el Universo para que el hombre lo gobernara, dándole las herramientas para hacerlo. Y Dios creó al hombre para que fructificara y dominara el resto de la creación (Génesis 1:26-28), como el gran propósito de Dios para el hombre.
El hombre era el dueño de todo y podía disponer de cualquier cosa dentro del contexto de un mundo ideal, sin mancha de pecado, codicia o egoísmo, pero había solo una restricción dada por Dios y consistía en jamás comer el fruto de un árbol que se encontraba en medio del Paraíso.
Consecuencias de la desobediencia a Dios
Sin embargo, esta restricción fue ignorada por el hombre, y las consecuencias de la desobediencia a Dios se traducen en daño, angustia, dolor, muerte y la caída para la raza humana, (Génesis 3).
Indudablemente que el resultado de la desobediencia a Dios por parte del primer hombre, degeneró de manera necesaria en todas las calamidades que conocemos en la actualidad, porque en ese momento y gracias al pecado, se perdió la completa conexión con Dios y se le dio la autoridad al diablo para gobernar la tierra.
Aunque muchos denigren de Dios por permitir todo lo que pasa en el mundo, nada de lo que hoy sucede es su culpa, sino la consecuencia nefasta de las malas decisiones del hombre al pecar, dado que toda acción trae sus consecuencias como una ley natural.
La desobediencia trae condenación, pero Jesucristo da Salvación
Si bien es cierto que las consecuencias de la desobediencia a Dios trae condenación y muerte, existe una forma maravillosa dada también por Dios para darnos salvación, perdonar nuestros pecados y darnos la Vida Eterna, y es a través de Jesucristo.
Puesto que “la paga del pecado es muerte, la dádiva de Dios es Vida Eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”, dice en Romanos 6:23. Esto significa que Dios para salvarnos de la condenación eterna, mandó a su Hijo Jesucristo como propiciación por nuestros pecados, muriendo Él en nuestro lugar para exonerarnos del castigo, justificarnos ante Dios y reconciliarnos con el Padre.
De tal manera que si por Adán entró el pecado a toda la humanidad y nos convertimos en enemigos de Dios, por Jesucristo somos también todos vivificados y al arrepentirnos de corazón, confesar nuestros pecados y cambiar de vida obedeciendo a Dios, agradándolo y honrándolo, recibimos el maravilloso regalo de la Vida Eterna y nos reconciliamos con Dios; porque no hay justificación sin santificación y si bien es cierto que no somos salvos por obras, también lo es que debemos dejar el pecado atrás y para siempre, pues así lo demanda Dios.
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